Estamos asistiendo al efecto Marie Kondo. Un fenómeno en el que su protagonista -una empresaria y consultora de organización japonesa- nos enseña a ordenar. Y nos invita a hacerlo comenzando por deshacernos de todas aquellas cosas que ya no usamos, para continuar organizando todo aquello que hemos decidido conservar, por categorías o en vertical. Nos invita también a sentir el orden como algo mágico que nos hace más felices.

Y curiosamente se ha convertido en una gurú, considerada una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time.

A mí, personalmente, -siendo, como soy, una persona super ordenada- no deja de sorprenderme que algo así se haya convertido en un fenómeno que arrastra a tantísimos seguidores.

Y me hace evidente que en esta sociedad en la que estamos viviendo, en la que hemos querido dejar a un lado nuestro lado espiritual, muchos andamos «como ovejas sin pastor» en busca de algo que de sentido a nuestra vida. Y tratamos de buscar ese sentido y esa tan ansiada felicidad donde nunca ha estado y donde no estará jamás.

Hacer limpieza, deshacernos de todo aquello que ya no usamos y tener nuestras casas, nuestras librerías o nuestros cajones ordenados puede producirnos cierto bienestar o cierta satisfacción, cómo no… pero nunca podrá proporcionarnos una felicidad honda, de esas que dejan el alma en paz.

Para sentirnos en paz y ser de verdad felices, el orden es importante… pero son otras las cosas las que tenemos que ordenar:

Podemos, de una vez, hacer limpieza en nuestra vida, sacando de ella todo lo que no debería estar. Podemos sacar de nuestro día a día nuestros malos hábitos, cada uno los que tenga: tendencia al cotillero, a la crítica fácil, inclinación a pensar mal de los demás, andarnos midiendo con los otros, querer ocupar los primeros puestos o querer aparentar una imagen que no se ajusta a nuestra realidad. Podemos esforzarnos en ir teniendo menos dependencia de los bienes materiales y del dinero. E incluso, en la medida de lo posible, podemos tratar de alejar de nuestra vida aquellas personas que sabemos que no nos hacen bien y que, lejos de sacar lo mejor de nosotros mismos, nos ensucian el alma y el corazón.

Podemos, de una vez, reordenar nuestras prioridades. Dejando de verdad espacio para aquello que de verdad importa y dejando en un lugar muy secundario todo aquello que, sin ser necesariamente malo, nos desvía de lo esencial, robándonos un tiempo precioso, que podríamos estar poniendo al servicio de Dios y al servicio de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Podemos pedir perdón a aquellas personas con las que sabemos que no nos hemos portado del todo bien en algún momento.

Y podemos pedir perdón también a Dios. Por tantas veces como lo hemos dejado arrinconado como a un mueble viejo en un trastero. Por tantas veces como hemos desoído sus llamadas. Por tantas y tantas veces como nos hemos desentendido de los problemas de Sus hijos.

Con la vida en orden y el alma en paz con Dios y con los demás andaremos muy cerquita de esa tan ansiada felicidad. Que irá siendo más honda en la medida en la que vayamos avanzando en el camino del amor; un camino de dos direcciones en el que, aún sin pretenderlo, lo cierto es que siempre se termina recibiendo mucho más de lo que se da.

La imagen es de Free – Photos en pixabay

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