Estamos comenzando el Adviento. Un espacio en el año en el que somos invitados a mirar hacia adentro y a preparar nuestro corazón para el nacimiento de Jesús.

Este año todo apunta a que la Navidad que vamos a vivir va a ser diferente. Muy diferente. Habrá menos desplazamientos, menos encuentros familiares en torno a la mesa en Nochebuena o en Navidad, menos celebraciones con amigos y menos personas en la iglesia. En algunos casos porque así nos vendrá impuesto quienes nos gobiernan y en otros casos porque será a lo que nos conduzca nuestra responsabilidad individual.

Se nos hará raro no poder preparar ni compartir unos días tan especiales con las personas a las que más queremos. Y las echaremos mucho de menos. Muchísimo.

Pero lo importante del Adviento y de la Navidad, sin embargo estará ahí, un año más:

El Adviento sigue siendo tiempo tiempo de hacer balance. Tiempo de reordenar nuestra vida. Tiempo de buenos propósitos. Tiempo de sacar de nuestra vida todo aquello que nos impide crecer en el amor. Tiempo de reinventarnos. ¿Cómo no aprovecharlo?

Nacerá de nuevo Jesús. Y volverá a hacerse el encontradizo con nosotros. Pero debemos estar atentos y debemos escuchar. Sin ser nosotros los que marquemos los tiempos. Sin distracciones. Sin prisa. A buen seguro nos tocará de nuevo el corazón.

Y tanto nuestra preparación como el Nacimiento volverán a ser algo nuevo para nosotros. Porque las personas estamos en continua evolución. Y hoy no somos las mismas personas que éramos el año pasado, de la misma manera que tampoco el año que viene seremos como somos hoy. Porque nuestras circunstancias cambian, porque nuestra vida espiritual evoluciona, porque vamos tomando decisiones acertadas y otras que no lo son tanto y vamos adquiriendo, con unas y otras, conocimiento y experiencia.

Es tiempo de nacer de nuevo, también nosotros. Y de volver a ser, como los niños, limpios de corazón. Y de volver a esperar, como los niños, todo de nuestro Padre. ¡Que distinta sería nuestra vida si de verdad la viviésemos desde la Fe! Tanto en las cosas grandes como en las cosas pequeñas, más propias del día a día.

Es tiempo de esperanza. Ese estado en el que nos encontramos cuando confiamos en que nuestra causa – sea la que sea – se va a terminar resolviendo de manera favorable. Que lleva consigo una mirada optimista por nuestra parte y suele ir acompañada de una suerte de emoción que nos recorre por dentro y que nos adelanta que el final será feliz.

Es tiempo de vivir desde un profundo agradecimiento. Por tanto como hemos recibido. Apreciando las cosas valiosas que tenemos en nuestra vida como el tesoro que son y disfrutando intensamente de ellas mientras las tenemos con nosotros.

No dejemos que nos distraigan las mascarillas, la falta de contacto físico, las comidas, las luces, las compras, los regalos o la vida social. Lo importante del Adviento y de la Navidad está muy por encima de todo eso. Y sigue ahí y ahí seguirá. Aprovechémoslo como la oportunidad única que es.

La imagen es de Dimitri Conejo Sanz en Cathopic

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