
Nos encontramos ya de lleno en el Adviento. Una época del año muy especial en la que conviene parar y dedicar algo de tiempo a preparar nuestro corazón para la llegada del Niño. Y aprovechar para que sea, si conviene, tiempo de mudanza.
Es momento de poner en valor cómo Padre e Hijo renunciaron a su existencia anterior por nosotros. Por el inmenso amor que nos tenían. Porque no era precisamente el amor lo que reinaba en la tierra y se hacía necesario enseñarnos el camino que debíamos seguir para que nuestra vida tuviera sentido y para que fuéramos, de verdad, felices. Nunca valoraremos, creo yo, en su justa medida, el inmenso acto de amor que eso supuso tanto por parte del Padre como por parte del Hijo. Amor así, con mayúsculas, hacia todos nosotros.
Es momento de poner en valor que Jesús, siendo Dios, naciera hombre. Hombre de verdad. Y que viniera a este mundo tan desnudo, tan pequeño, tan indefenso y tan vulnerable como nacimos cualquiera de nosotros. En el seno de una familia sencilla. Sin más riqueza que la de contar con una madre y un padre dispuestos a quererlo, dispuestos a cuidarlo, dispuestos a educarlo y dispuestos a dejarlo volar cuando llegase su momento. Una madre y un padre, eso sí, de una pasta especial, pues ambos eran personas de una profunda Fe y que habían sabido hacer de la generosidad su estilo de vida.
Por nacer hombre Jesús viviría, como cualquiera de nosotros, en un mundo con cosas maravillosas y en un mundo en el que abundarían también las miserias que seguimos teniendo a día de hoy: envidias, intereses, vanidades o egoísmos. Tampoco lo liberó el Padre ni del sufrimiento ni del dolor: vino a este mundo desnudo y desnudo fue también como lo dejó.
Es momento de sentirnos queridísismos por tanto y tiempo de vivir desde un profundo agradecimiento por lo mucho que hemos recibido. Apreciando las cosas valiosas que tenemos en nuestra vida como el tesoro que son y disfrutando intensamente de ellas mientras las tenemos con nosotros.
Es momento de hacer balance, de determinar si estamos avanzando hacia lo que nos gustaría llegar a ser o si, por el contrario nos hemos dejado enredar más de la cuenta por tantas cosas accesorias como nos rodean, que no nos dejan centrar nuestra vida en lo esencial.
Es tiempo de estar abiertos al cambio. Tiempo de escuchar a Dios. Tiempo de responder a su llamada sin conceder demasiado margen ni al discernimiento ni a los ruidos del mundo; tiempo de decir que sí sin condiciones.
Es momento para que también nosotros volvamos a nacer, dejando que Dios nos continúe modelando. Y que volvamos a tener esa limpieza de corazón tan propia de los más pequeños y volvamos a vivir desde la confianza y la Fe en ese Dios que, sobre todo, es Padre
Ojalá esta Navidad seamos capaces de dejar a un lado, de verdad, este despropósito que nos rodea de luces impresionantes, consumo descontrolado, comidas lujosas o viajes. Sabiendo que ni las luces, ni los regalos, ni las comidas ni los viajes son malas en sí mismas, pero que, lejos de ayudarnos a vivir el verdadero sentido de la Navidad, nos desvían de lo único esencial: el nacimiento de Jesús y con él esa transformación que debe ocurrir en nuestro interior; que no se ve; y que dota a estos días y al conjunto de los días de nuestra vida de todo su sentido.
Dios no nos llama a los suyos a vivir fuera del mundo; no nos saca de él. Nos invita a florecer en él, a pesar de sus muchas incoherencias.
La imagen es de congerdesign en pixabay
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