La oveja perdida

Una de las parábolas más conocidas del Evangelio es la de la oveja perdida. En ella se relata cómo un pastor, que tiene un rebaño con 100 ovejas, pierde a una de ellas y sale a buscarla hasta que la encuentra, dejando a las otras 99.

Ilustra estupendamente bien cómo Jesús, lejos de haber venido a este mundo para rodearse de aquellos que llevaban una vida ejemplar, vino, muy especialmente, para acoger y para cuidar a aquellos que estaban también perdidos y necesitaban que les sanasen el alma:

Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido». Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse»

Evangelio Lucas 15, 1 – 7

¿Puede haber una parábola más consoladora?

¿Quién de entre nosotros no se siente oveja perdida o sabe que lo ha sido en algún momento de su vida? ¿No convivimos acaso todos nosotros con miserias de las que no nos sentimos orgullosos contra las que tenemos que luchar cada día? ¿No hemos caído acaso en tentaciones? ¿No nos hemos dejado envolver por los espejismos del mundo? ¿No hemos vivido desde el egoísmo? ¿No hemos fallado a algunas de las personas que han pasado a nuestro lado en el camino de la vida?

Ninguno estamos libres. Todos, sin excepción, nos hemos extraviado alguna vez. Y sabemos que, por salir a buscarnos a cada uno de nosotros cuando nos hemos descarriado, ha dejado el Buen Pastor todo lo demás. Porque todos somos importantes para el Cielo. Porque cada uno de nosotros somos únicos para ese Dios que, sobre todo, es Padre. Un Padre que es capaz de organizar -como el pastor de la parábola- una fiesta en nuestro honor cuando volvemos a Casa, incluso tras haber hecho las cosas mal.

Tenemos razones para sentirnos unos privilegiados. Porque no podemos tener un Padre que nos quiera más, ni más generoso, ni más poderoso. ¿Qué puede pasarnos teniéndole a Él cubriéndonos las espaldas? ¿Cuándo entenderemos que nada ocurre porque sí y que todo tiene su porqué y su para qué? ¿Cuándo de verdad nos creeremos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados?

Si de verdad nos creyésemos que cada uno de nosotros somos esa oveja perdida por la que el Buen Pastor es capaz de dejar a un lado todo lo demás ¡qué distinta sería nuestra vida! Dejaríamos de malgastar nuestros días buscando nuestra propia seguridad en la posición o en el dinero y la invertiríamos en atender aquello que de verdad importa. Se nos acabarían las incertidumbres, se nos acabarían los miedos y podríamos llegar a vivir, como Jesús, una vida de verdad para los demás y una vida de verdad valiente.

No hay armas más poderosas que la fe y el amor.

La imagen es de pixel2013 en pixabay.com

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