
En España usamos mucho la expresión marear la perdiz para referirnos a esas situaciones en las que perdemos el tiempo a propósito, tratando de evitar enfrentarnos a un problema o una circunstancia adversa.
Y creo que es una expresión adecuada para hacer referencia al comportamiento que tantas veces tenemos muchos de nosotros con las cosas del Cielo.
Porque conocemos a Jesús y a su doctrina y sabemos que seguirle está a nuestro alcance: basta con que vivamos desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres. Lo sabemos bien. Pero no terminamos de ser coherentes y de dar los pasos que debemos dar para hacer del amor nuestro estilo de vida. Y seguimos viviendo, acomodados, con los valores y reglas del juego que se han impuesto en el mundo. Y seguimos sin querer renunciar a ese «primero yo, después yo y luego también yo» que nos lleva a vivir buscando, principalmente, nuestro propio bienestar.
Y tratamos de justificarnos ante los demás y ante nosotros mismos con un sinfín de razones.
Y no encontramos el momento de cortar con aquello que sabemos que supone un freno a nuestro crecimiento espiritual: personas dañinas, malos hábitos o lo que quiera que sea que cada uno tengamos.
Y no somos capaces de reordenar nuestras prioridades para empezar a focalizar nuestra vida, principalmente, en lo que de verdad importa.
Y nunca nos parece el momento ideal para empezar nuestra nueva andadura. Y, una vez más, la posponemos. Quizás hasta que terminemos los estudios, quizás hasta que pase esta temporada de tanto trabajo, quizás hasta que los hijos ya estén más mayores o quizás hasta que llegue esa tan ansiada edad de jubilación en la que tendremos más tiempo. Lo mismo da. La cosa es que como nunca es el momento perfecto no terminamos de arrancar.
¡Madre mía lo que nos cuesta dar respuesta a las llamadas del Cielo! ¿Cuándo aprenderemos del sí incondicional de Jesús, del sí incondicional de María, del sí incondicional de José o del sí incondicional de los apóstoles?
Paseando Jesús junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Evangelio Mateo 4, 18 – 22
Detalla el Evangelio explícitamente que Pedro, Andrés, Santiago y Juan atendieron a la llamada de Jesús inmediatamente. Dejando unos sus redes y otros su barca e incluso a su padre. Y siguieron a Jesús. Y permanecieron a su lado durante los 3 años que duró su vida pública dedicando sus vidas a llevar el cristianismo al mundo entero tras la muerte y resurrección de su Maestro.
Es verdad que cometieron errores. Es verdad que en ocasiones no dieron la talla. Pero no es menos cierto que supieron dejarlo todo en cuanto fueron llamados y que a partir del momento en el que siguieron a Jesús su vida cambió para siempre, demostrando una fidelidad incondicional al Maestro y a su doctrina.
¿Por qué nosotros remoloneamos tanto antes de dar un paso al frente? ¿Por qué dedicamos tanto tiempo a discernir? ¿Por qué planificamos tantísimo?
Cuando nos ronda una inquietud en el corazón es por algo. Cuando Dios nos llama debemos ir. Rapidito. Sin darle demasiadas vueltas. Con valentía y, sobre todo, con mucha confianza y con mucha Fe; seguros de que Dios sabe más.
La imagen es de geralt en pixabay
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