Muchos de quienes nos decimos cristianos con frecuencia pecamos de inacción cuando somos testigos de una injusticia.
Para actuar así nos escudamos en la prudencia. Porque no conviene ni actuar de manera atolondrada ni provocar, aún sin quererlo, un mal mayor. Y es bien cierto que la prudencia en ocasiones aconsejará la inacción, claro que sí, pero habitualmente no será así, porque frente a las injusticias, lo que habitualmente resulta más indicado es luchar.
La inacción suele ser una forma de cobardía. El enfrentamiento con el otro no es fácil y nos hace pasar un mal rato cuando lo hacemos. Por eso tratamos de evitarlo y, con más razón, si ese enfrentamiento pudiera llegar a perjudicarnos. Así que nos quedarnos ahí, en nuestra zona de confort, como meros espectadores, esperando que pase el temporal o que los problemas se solucionen solos, lo que en el fondo sabemos que nunca ocurrirá porque los problemas que no se enfrentan, habitualmente se hacen más grandes.
En nuestro entorno solemos entender que la paz a la ausencia de enfrentamientos, aunque esa ausencia de enfrentamientos oculte injusticias bajo la alfombra. Es una mal llamada paz que está lejos – lejísimos – de la verdadera paz, la que nos trajo Jesús: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Evangelio Juan 14, 27).
También es la inacción, en ocasiones, una forma de indiferencia. Indiferencia que hace evidente que, en el fondo, nos da bastante igual lo que le pase al otro.
Con la inacción también podemos demostrar que no nos sentimos ni implicados, ni corresponsables de lo que pasa: «¿A mí, qué? ¿Acaso soy yo el que está haciendo las cosas mal? ¿Acaso tengo yo la culpa esa injusticia?». Puede ser, ciertamente, que nosotros no hayamos provocado la situación injusta. Pero en el momento en el que la conocemos debemos actuar. Porque si no lo hacemos, de una u otra forma pasamos a ser cómplices de lo que allí pasa.
¿Cuándo entenderemos que los cristianos no podemos pasar por la vida con una actitud mediocre? ¿Cuándo entenderemos que no podemos quedar bien con todos? ¿Cuándo entenderemos que no podemos servir a Dios y al mundo? ¿De verdad estamos dispuestos a malgastar tantos talentos como Dios nos ha regalado? La única opción posible entre los cristianos -y quienes aspiramos a serlo- es vivir desde el compromiso: El compromiso con los demás. El compromiso con la Fe y los valores que decimos profesar. El compromiso con el Evangelio y con Dios.
En Jesús tenemos un modelo de valentía. Tenemos un modelo de compromiso. Tenemos un modelo de persona que siempre antepuso el bien del otro a su propio bien. Por eso dejó su casa de Nazaret y a su madre para echarse a los caminos a predicar su doctrina y a cuidar de todos sin tener una cama asegurada en la que dormir cada noche. Por eso nunca se acobardó frente a los poderosos fariseos. Y por eso nunca dejó de defender la Verdad aún sabiendo que terminaría costándole la misma vida.
Su vida fue absolutamente coherente con la doctrina que predicaba. Por eso resultaba creíble. Por eso convencía. Por eso decían de él que enseñaba con autoridad.
No debemos vivir con miedo: el miedo nos hace pequeñitos, nos impide dar lo mejor de nosotros mismos, nos impide sacar todo nuestro potencial, nos hace malgastar esos talentos que Dios nos ha dejado en depósito para que usemos en beneficio de todos.
Vivamos, más bien, desde la Fe. Conocedores de nuestras limitaciones, claro que sí, pero sabedores de que tenemos a ese Dios que, sobre todo, es Padre, cubriéndonos las espaldas y poniendo siempre lo que a nosotros nos falta.
La imagen es de knerri61 en pixabay
El miedo, con ciertas personas de la familia, me hace no ser yo misma. Me quita la alegría. Y para evitar el roce procuro hablar poco.
Y Dios es Alegria, Paz, y Libertad a los Suyos.
! Ayúdanos Padre Santo!
Los justos no descansan en la maldad. La iniquidad es vista como un estado de reposo equivocado, mientras que los fieles siguen en movimiento en los caminos de Dios. Debemos poner la lupa entre la inacción pecaminosa y acción justa.