La sinceridad es la virtud que tiene quien se comunica y actúa de acuerdo con la totalidad de sus sentimientos, creencias, pensamientos y deseos, de una manera honesta y genuina.
Resulta muy valiosa porque ayuda -y de qué manera- a vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario, puesto que es la base que facilita el que podamos mantener una buena relación con las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida y también con Dios:
Porque la persona sincera no busca aparentar aquello que no es. Y no tiene, por tanto, problema en mostrar lo que lleva en el corazón, tanto si es alegría como si es tristeza, pena, angustia, decepción o sensación de fracaso. Resultan por ello las personas sinceras un tanto singulares en esta sociedad nuestra en la que tantos vivimos de cara a la galería mucho más de lo que resultaría razonable. Galería a la que, por supuesto, mostramos solamente el lado más bonito de nuestra vida, para que se vea una imagen de nosotros mismos y de nuestra vida que no suele ajustarse a la realidad de lo que vivimos y, mucho menos, a la realidad de lo que llevamos en el corazón.
Porque no existen para la persona sincera ni la falsedad, ni la crítica cobarde -esa que solamente nos atrevemos a hacer a las espaldas del criticado- ni esas medias verdades a las que somos tan aficionados. Tampoco se siente cómoda, por supuesto, construyendo diferentes versiones de su realidad, para acomodarla a las distintas personas que puedan escucharla. La realidad es única, la escuche quien la escuche, y no hay que disfrazarla. Como Jesús quien, siempre sincero, no tuvo problema en mantener su doctrina frente de los fariseos, a quienes afeó su hipocresía y su conducta, aún a sabiendas de lo poderosos que eran y que querrían acabar por ello con él.
Porque la persona sincera va por la vida sin doblez, es clara y cumple sus promesas. Resulta, por ello, creíble, cercana y confiable. Y es ideal para escogerla como confidente, como consejera o como amiga.
Porque la sinceridad nos facilita enormemente el poder llevar una vida coherente.¿Cómo podría haber coherencia entre palabras y obras en aquellos que se bandean adaptando sus palabras a los oídos de quienes las quieran escuchar?
Debemos ser sinceros con las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Con todas ellas. Sabiendo decir las verdades desde la delicadeza y desde el respeto, todo se puede decir. Siempre. También las críticas y las opiniones desfavorables.
Debemos ser sinceros con nosotros mismos. Siempre. Sin tratar de buscar excusas para justificar los porqués de aquello que no deberíamos ni hacer ni pensar, y sin tratar de buscar tampoco culpables fuera. ¿Cómo, si no, podemos mejorar?, ¿cómo, si no, podremos sacar de nuestra vida todo aquello que sabemos que no debería estar?, ¿cómo, si no, vamos a poder avanzar en el camino del amor? ¿De verdad estamos dispuestos a ser nosotros mismos el muro que nos impida avanzar?
Debemos ser sinceros, también, con ese Dios que, sobre todo, es Padre. Y que sabe incluso mejor que nosotros mismos qué es lo que llevamos en el corazón. Incluyendo todas nuestras miserias. ¡Si lo tenemos facilísimo! ¡Si jugamos con la ventaja de saber lo mucho que nos quiere a pesar de todas ellas! ¿Por qué perdernos, tontamente, la oportunidad de confiarle nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes? ¿Por qué perdemos, tontamente, la oportunidad de pedirle perdón, consejo, fortaleza y ayuda para salir adelante y para mejorar?
La imagen es de Geralt en pixabay
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