
A quienes nos hemos criado en los países a los que llamamos desarrollados nos han educado en la cultura del usar y tirar. La utilización de pajitas, envases de plástico desechables o pañuelos de un solo uso forma parte de nuestros hábitos de consumo desde siempre y la verdad es que ni nos planteamos cambiarla. Porque son productos tan baratos que podemos permitirnos reponerlos tras cada uso y porque resulta tremendamente cómodo no tener que limpiarlos para volver a utilizarlos.
Pero después de muchos años con ese comportamiento, estamos viendo cómo el planeta -nuestra casa común- está dando claros síntomas de deterioro.
Y ahora caemos en la cuenta de que nos hemos comportado de una manera egoísta: hemos dado respuesta a nuestras necesidades y nuestros caprichos de una manera inadecuada, con la que sabíamos que estábamos generando un problema serio. Pero como se trataba de un problema que solamente sería grave a largo plazo, nos hemos acomodado y hemos permitido que se hiciera más y más grande. ¡Ya lo resolverían los hijos de nuestros hijos! Nuestros gobernantes no han tomado cartas en el asunto y nosotros, como ciudadanos particulares, tampoco hemos optado por hacer un consumo responsable.
El usar y tirar, sin embargo, no es solamente un hábito relacionado con el consumo: se ha convertido en una de las señas de identidad de la cultura de los países desarrollados. Y nos la la hemos llevamos también a otros ámbitos:
Y a día de hoy podemos comprobar cómo la fidelidad no es un valor que esté presente en nuestra sociedad ni siquiera de manera aspiracional: permanecemos en nuestros trabajos mientras no nos surja alguno en el que nos paguen un poco más, nos vamos acercamos a unas personas o a otras, por conveniencia, según las vamos necesitando o vamos pudiendo obtener más beneficios de ellas y va siendo cada vez menos común el casarse adquiriendo así un compromiso con nuestra pareja para el resto de nuestra vida.
Y si nos cuesta ser fieles a trabajos, amigos y parejas, ni que decir tiene lo mucho que nos cuesta trabajar en favor de causas que supongan un compromiso con esas personas más vulnerables, de las que, en principio, difícilmente podremos sacar algún tipo de beneficio. Mejor mirar para otro lado para no ver ni conocer sus necesidades o sus problemas.
En nuestra relación con Dios con frecuencia también hacemos lo mismo: y acudimos a Él cuando necesitamos su ayuda o cuando el panorama se pone feo. Pero en las etapas en las que las cosas nos van más o menos bien dejamos de cultivar esa relación Padre – hijo, hijo – Padre, que siempre deberíamos cuidar y de la que siempre podríamos estar disfrutando. En cierto modo también utilizamos a medida de nuestra conveniencia a ese Dios que, sobre todo, es Padre, y que sabemos que siempre va a estar dispuesto a perdonarnos y a recibirnos.
¿En qué momento de nuestra historia dejamos, como sociedad, de dar valor a algo tan importante como el compromiso?
¿Qué sentido tiene esta vida nuestra sin comprometernos realmente ni con nada ni con nadie que no seamos nosotros mismos? ¿Cómo podemos tener la mirada puesta tan solo en un corto plazo, interesado, que sabemos que más pronto que tarde nos dejará vacíos y con un profundo sentimiento de soledad?
Vale la pena, y mucho, comprometerse con las personas, comprometerse con la construcción de un mundo mejor, comprometerse con el Evangelio y comprometerse, de verdad, con Dios. Y hacerlo para siempre.
La imagen es de sabines en pixabay
Me parece muy interesante el planteamiento del compromiso como valor.
Gracias Marta por dejar tan claro lo importante que es el compromiso individual en un mundo tan globalizado