
Ante el panorama tan desolador que estamos viviendo en España y en el mundo con la propagación de este virus, que se ha llevado por delante ya tantas vidas y ha roto tantas familias y tantos sueños, podemos caer en la tentación de enfadarnos con Dios.
Y podemos también caer en la tentación de acusarlo de permitir tanto dolor, de su inacción, de sus silencios y de su ausencia. ¿Cómo es posible que no nos escuche? ¿Cómo es posible que no atienda nuestras súplicas? ¿Se puede saber dónde está Dios, ahora que tantísimo lo necesitamos? ¿Nos ha dejado, acaso, abandonados a nuestra suerte?
Nada más lejano de la realidad.
Dios está con cada uno de nosotros. Y muy especialmente si lo estamos pasando mal. Dios Padre siente una debilidad especial por los hijos que más sufren. Lo mismo, a otro nivel, que nos pasa a los padres de aquí de la tierra: si cualquiera de nosotros tenemos varios hijos y uno de ellos tiene mala salud, o algún otro problema serio, es ese el hijo que tenemos permanentemente en el pensamiento y al que más se nos va el corazón, aún sin quererlo. Es lo que le pasa a Dios, pero en mayor medida, puesto que su capacidad de amar es muchísimo mayor que la nuestra. Dios es, sobre todo, Padre.
Jesús nos prometió que los que lloran serán consolados. No fueron éstas unas palabras preciosas pronunciadas hace 21 siglos en el Sermón del Monte para quienes estaban allí escuchándolo. No. Es una promesa que nos hacen hoy a cada uno de nosotros desde el Cielo. Una promesa que será verdad en la otra vida… y que empezará a cumplirse ya en ésta. Porque a Dios no le gusta vernos sufrir y nos acompaña muy especialmente en aquellas etapas de la vida en las que nuestra cruz se nos hace más pesada.
Pero hemos de querer verlo.
Dios está en los otros. En todos los otros. Y muy especialmente, también, en los que sufren. Está en cada cama de hospital, en cada persona a la que se le rompe el corazón cuando pierde a un ser querido, en cada persona que siente el agobio de haber perdido su forma de ganarse la vida o en cada persona mayor que vive asustada porque se sabe en el segmento de la «población de riesgo». ¿Por qué no ponernos al servicio de aquellos que están necesitando a alguien que los acompañe o les eche una mano?. «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Evangelio Mateo 25, 40). Es cierto que en estos momentos tenemos muchas limitaciones, sobre todo de movilidad, pero a pesar de ellas podemos ponernos en marcha.
Quizás Dios está saliendo hoy a nuestro encuentro, como salió Jesús al encuentro de aquellos discípulos de Emaús, para invitarnos a seguirlo o a que demos testimonio con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestro estilo de vida.
En nuestra mano está escoger entre enfadarnos con Dios o, por el contrario, remangarnos, hacer equipo con Él y ponernos manos a la obra. Que «La mies es mucha y los obreros pocos» (Mateo 9, 37).
La imagen es de Dimitri Conejo Sanz en Cathopic
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