Estamos viviendo unas circunstancias muy complicadas. A nivel individual y también como sociedad. Para frenar la expansión del Covid – 19 el gobierno se ha visto obligado a decretar el Estado de Alarma; hemos cerrado colegios, oficinas, comercios, iglesias, cines y museos; hemos cancelado las Fallas, las procesiones de Semana Santa, la Feria de Sevilla o los Sanfermines y hemos comenzado a vivir de puertas adentro, confinados en nuestras casas. Algo absolutamente contrario a nuestras costumbres y a ese carácter español tan de calle, tan de cervecitas, tan de amigos, tan de bares, tan social y tan nuestro.

Muchos entre nosotros lo están pasando mal. Se llevan la peor parte, sin duda, quienes se han visto afectados por la enfermedad o han visto afectados por ella a sus seres queridos. Y también todos aquellos que se han encontrado, de un día para otro, sin empleo y sin visos de tenerlo a corto plazo, al menos mientras estemos inmersos en esta tremenda incertidumbre. Pero hasta los que hemos corrido mejor suerte estamos afectados. Y mucho.

Llegados a este punto podemos poner el foco en nuestros problemas y compadecernos a nosotros mismos. Cómo no. Motivos no nos faltan.

Pero también podemos poner la mirada en tantos aprendizajes como estamos sacando de todo esto. Como personas particulares y como sociedad. Porque esta situación y esta vivencia, sin duda nos va a transformar. De hecho, yo creo que ha nos ha transformado:

Nos está ayudando a reordenar nuestras prioridades. Y a que demos valor a lo que de verdad importa, restándoselo a tantas otras cosas que antes nos parecían importantes y que, de un día para otro, han pasado a ocupar puestos secundarios; los que siempre debieron tener.

Nos hemos dado cuenta -por fin- de que solamente estando unidos saldremos adelante. Y hemos comprendido que todos somos corresponsables de lo que pase ahí afuera: si no nos confinamos todos y si no respetamos las reglas del juego, las cifras de muertos no bajarán.

También hemos comprendido que todos necesitamos de los demás. De TODOS los demás. Quienes dirigen el país y quienes dirigen las empresas son importantes, claro que sí. Pero no son menos importantes los cajeros que nos despachan la comida en los supermercados, los farmacéuticos que mantienen sus farmacias abiertas al público, los conductores de autobús que se juegan la vida para que otros puedan acudir a sus trabajos, los militares que hasta están desinfectando residencias de mayores, los basureros que mantienen limpias las ciudades o los médicos, enfermeros y celadores que hacen posible que funcione el sistema sanitario. Han desaparecido las «clases profesionales» y a día de hoy ninguna profesión es considerada de segunda división. Y por eso salimos a aplaudir cada día a las 20h desde nuestras ventanas y balcones para dar las gracias a quienes se están jugando la vida por cuidar de la nuestra.

Ahora damos su justo valor a esas pequeñas grandes cosas que siempre hemos tenido ahí, que parecía que siempre íbamos a seguir teniendo y que de repente ya no tenemos: el contacto físico, los besos, los abrazos, los pinchos de tortilla en el bar, los paseos por la calle o que nos de el solecito cuando empieza el buen tiempo. De repente se nos han hecho valiosos. Y nos damos cuenta de que siempre lo fueron, pero no sabíamos verlo.

Y nos hemos dado cuenta de que no tenemos todo controlado. Y que nunca lo tendremos, por más poder, más talentos o más recursos que tengamos. La última palabra siempre la ha tenido Dios y siempre la seguirá teniendo. ¿Cómo no sentirnos, de repente, como niños y cómo no acudir a ese Dios que, sobre todo, es Padre? Siempre es buen momento para volver a Casa, si nos habíamos alejado, o para aferrarnos a ella si estábamos allí.

Esta pandemia ha cambiado nuestra mirada. Y ya nunca volveremos a mirarnos unos a otros de la misma manera que lo hacíamos antes.

Nunca la hubiéramos buscado. Ni a nivel particular ni como sociedad. Pero ya que está aquí, aprendamos de ella. Aprovechémosla para coger impulso y volar más alto. Toca aprender de los errores cometidos. Toca ser resilientes y salir adelante. Y toca mirar alrededor para asegurar que, cuando salgamos de ésta, nadie se quede atrás.

La imagen de la cabecera es de Anna Shvets en pexels

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