Vivir en la zona de confort

Decimos que las personas estamos en nuestra zona de confort cuando nos movemos en un terreno conocido para nosotros, en el que el riesgo es pequeño. Profesionalmente nos encontramos en nuestra zona de confort cuando desempeñamos un trabajo que llevamos haciendo mucho tiempo, que conocemos bien y que hacemos de la misma manera que lo hemos hecho siempre. En el ámbito personal nos sentimos en nuestra zona de confort cuando vivimos de una manera más o menos rutinaria; sin sobresaltos, sin riesgos… y sin incentivos.

Trabajar o vivir en nuestra «zona de confort» nos facilita el sentirnos, en cierto modo, seguros y sin incertidumbres, porque tenemos todo bajo control: nos permite vivir «con el piloto automático» puesto; casi dejando que pase un día detrás de otro, sin más.

Esta forma de vivir puede resultar más o menos cómoda. Pero lo cierto es que está lejos de la forma de vida a la que los cristianos estamos llamados.

Jesús nos invita a que vivamos para los demás:

Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas

Evangelio Mateo 7, 12

Y un estilo de vida hacia los demás nos obliga, necesariamente, a salir del «calorcito» de nuestra zona de confort:

Porque nos impide mirar para otro lado. ¿Cómo podemos conformarnos con no hacer mal al que pasa a nuestro lado en el camino de la vida? Conformarnos con no hacer mal al otro es algo tan de mínimos, tan de mínimos que resulta inadmisible.

Porque nos hace a mirar por los demás como si de nosotros mismos se tratara. Haciendo de sus alegrías las nuestras y de sus problemas, también los nuestros. Y cuando de verdad hacemos nuestros los problemas de los demás no tenemos más remedio que remangarnos y trabajar en lo que en cada caso toque. Nos movamos por terreno conocido y más o menos seguro… o no.

Porque nos hace vivir sin miedo o, si lo tenemos, a comportarnos como si no lo tuviéramos. Defender los intereses de los más débiles nos pondrá a nosotros, en muchas ocasiones, en situaciones comprometidas.

Porque nos impide conformarnos con la paz que promovemos en el mundo, que es bien sabido que es una paz mal entendida. Porque la paz entre los pueblos y la paz entre las personas, muchos de nosotros la asimilamos a la ausencia de peleas, a la ausencia de enfrentamientos y a que se respire un ambiente – al menos aparentemente – tranquilo. Pero la ausencia de enfrentamientos sin más en una sociedad como la nuestra, suele ocultar situaciones injustas, egoísmos y abusos. Y eso está lejos –lejísimos– de la paz verdadera paz.

Hacer, como muchos hacemos, hasta lo imposible por vivir en la zona de confort nos facilitará esa cierta sensación de seguridad, claro que sí. Pero nos facilitará también el vivir desde la mediocridad. Y nuestra vida, como antes fue la de Jesús, no debe ser una vida de mínimos sino una vida de máximos. ¿No dejó Jesús su casa familiar y a su madre para salir a predicar sin saber siquiera dónde dormiría o dónde comería cada día? ¿No se jugó el tipo enfrentándose a los poderosos fariseos siempre que fue menester defender las curaciones en sábado o los intereses de los más vulnerables? ¿No se buscó enemigos defendiendo la verdad que había venido a traernos hasta sus últimas consecuencias? ¿No llegó a dar la propia vida por todos y cada uno de nosotros?

La vida de Jesús fue una vida rompedora, de entrega, de desafíos, valiente y con una única norma: la Ley del amor. No pudo estar más lejos de esa comodidad que nosotros tantas veces anhelamos y que sabemos que llegar a conseguir tendría que pasar, muchas veces, por dejar arrinconados nuestros principios y nuestros valores.

La imagen es de pexels en pexels.com

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