Evangelio apc Flor sequía

Los cristianos –  y quienes aspiramos a serlo – en muchas ocasiones no llevamos una vida tan coherente como deberíamos. Y caemos una y otra vez en las mismas contradicciones:

Posiblemente nunca tratamos mal a quienes nos rodean, pero lo cierto es que no hacemos por ellos todo lo que podríamos llegar a hacer; más bien nos esforzamos lo justito. No sentimos como nuestros sus problemas. Y no llegamos a hacer vida esa regla de oro que nos dejó Jesús: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas» (Evangelio Mateo 7, 12). 

Buscamos nuestra seguridad emocional, muchas veces amparada en una paz mal entendida, que nos facilite quedar bien con todos. Cuando sabemos más que de sobra que en una vida que sea realmente cristiana eso muchas veces no será posible, porque frente a las injusticias no deberíamos ni quedarnos indiferentes ni mirar para otro lado. Debemos actuar. Y actuar tiene consecuencias, que en ocasiones no nos favorecerán.

Buscamos en exceso la seguridad en las cosas materiales y en las cosas del mundo. Confiamos en nuestras relaciones, en nuestras capacidades , en nuestro esfuerzo y en nuestro dinero mucho más que en Dios. Y está bien – mejor que bien – que hagamos todo lo posible por salir adelante, claro que sí, pero con la confianza siempre, siempre, siempre puesta en ese Dios que, sobre todo, es Padre. Y que sabemos que llega a donde nosotros no llegamos.

Buscamos la felicidad en los muchísimos placeres que el mundo pone a nuestro alcance. Salir a cenar con los amigos, pasar una buena tarde en el cine o disfrutar cuando estrenamos unos zapatos son algunos de los pequeños placeres que en ocasiones nos podemos permitir y que ciertamente nos pueden hacer pasar ratos agradabilísimos. Pero caemos en una contradicción cuando pasamos la vida en búsqueda permanente de esos y otros muchos placeres buscando en ellos una felicidad – la verdadera – que jamás nos podrán proporcionar.

Buscamos el reconocimiento social en muchas ocasiones de una manera algo hipócrita, pues la imagen que nos ocupamos de proyectar hacia afuera, muchas veces no se corresponde ni con lo que sentimos ni con lo que somos.

Para ir superando nuestras contradicciones e ir viviendo de una manera cada vez más coherente con ese cristianismo que aspiramos a que sea nuestro estilo de vida es necesario que vayamos avanzando en el  camino del amor: un camino que cada uno de nosotros tenemos que recorrer y que tiene sus etapas, si bien éstas no son siempre las mismas para todos. Conviene, en mi opinión, empezar por lo más sencillo, lo pequeño, lo cercano. Pero hemos de ir avanzando después, sin prisa pero sin pausa, hacia una vida cada vez más desprendida y más vuelta hacia los demás. Cada uno a nuestro ritmo y tratando de no mirar demasiado cómo avanzan o dejan de avanzar los demás; porque los tiempos de Dios son distintos para cada uno de nosotros.

Y siendo muy conscientes de que a veces caeremos y otras veces incluso desandaremos parte del camino avanzado.  En esos casos nos nos queda más remedio que levantarnos y ponernos de nuevo en camino. Siempre aprendiendo tanto de nuestros aciertos como de nuestros errores. Y siempre tratando de vivir intensamente el presente, con la mirada puesta en el futuro.

Habrá ocasiones en las que tomaremos conciencia de nuestra pequeñez. Y tomaremos conciencia también de las innumerables contradicciones en las que hemos caído y caemos. En esos casos conviene recordar que Jesús siempre confió en el hombre y sigue confiando hoy en cada uno de nosotros a título particular, deseoso de que lleguemos a ser uno con él y uno, también, con el mismísimo Dios Padre.

La imagen es de klimkin en pixabay

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