Cuando María dio su sí al ángel Gabriel aceptando ser madre de Dios, no podía ni sospechar lo que le esperaba después. Ella era casi una niña que había tenido hasta entonces una vida sencilla, rural, de pueblo, de familia. Vivía una vida aparentemente corriente, aunque, de hecho, no era así, porque ella era una persona que vivía la vida ordinaria con una extraordinaria fe y una extraordinaria caridad: María ya vivía con el estilo de vida que años más tarde predicaría su hijo Jesús a todo aquel que quisiera escucharle. Y también José.
Ellos dieron su sí al Cielo sin hacer preguntas y sin saber qué les esperaba tras aceptar cuidar del Niño. Y, a pesar de convivir diariamente con él, nunca perdieron su capacidad de admirarse por lo que se decía de él y por lo que iban viviendo con él.
Leer más → Capacidad de admiración