Cuando de verdad llama Dios conviene ponerse en marcha de inmediato. Porque su llamada transforma el corazón, reordena las prioridades y deja un tirón interior muy fuerte que nos empuja a ponernos en camino, nos hace querer hacer vida el Evangelio y nos despierta el deseo de querer compartir con otros el tesoro que sabemos tener.
En mi opinión, no conviene dedicar demasiado tiempo a un discernimiento que puede terminar convirtiéndose en un sinfín de exclusas y justificaciones para mantenernos en nuestra zona de confort. Cuando sintamos ese tirón, no hay tiempo que perder.
Eso fue, precisamente, lo que le ocurrió a María quien, nada más saber que iba a ser madre de Dios, se puso en camino para atender a Isabel, que estaba en estado. Podría haberse centrado cuidar de sí misma y del niño que ya llevaba en su vientre. O podría haberse dedicado a pensar sobre cómo iba a justificar aquel embarazo. Pero no fue así: María se puso enseguida en camino para cuidar a su prima, ya mayor, hasta que dió a luz a Juan Bautista.
También los Reyes Magos se pusieron en camino para ir a ver al niño. ¿Se pusieron en camino porque vieron la estrella o vieron la estrella porque estaban en camino? Sea como fuere, lo que es claro es que ellos supieron dejar atrás su comodidad, sus tierras y su seguridad para embarcarse en una aventura incómoda e incierta. Pero una aventura que mereció la pena con creces.
Los pastores, en cuanto tuvieron noticia del nacimiento de Jesús, también se pusieron en camino. Y después de verlo y adorarlo siguieron en camino para contar a todo el mundo lo que habían vivido.
Juan Bautista supo entender muy bien cuál era el plan que Dios tenía para él: preparar el camino a Jesús, hacer de puente, de transición, entre las tradiciones judías y el Evangelio. Supo preparar los corazones de quienes le escucharon, sembrando en ellos la semilla que luego Jesús regaría y haría crecer. Invitó a quienes tuvo cerca a que hicieran balance, se convirtieran y se iniciaran en el camino del amor.
Los apóstoles siguieron los pasos de su Maestro durante los 3 años que duró su vida pública. Y tras su resurrección se pusieron, ya solos, en camino para llevar el cristianismo por el mundo entero. Sabían bien que era el plan que Dios tenía para ellos, iban guiados por el Espíritu Santo y a esa misión dedicaron el resto de sus vidas.
Gracias a que María, José, Juan Bautista y los apóstoles dieron su sí al Cielo y se pusieron en camino, nosotros conocemos hoy la doctrina de Jesús y sabemos que lo que Dios nos pide es que vivamos desde el amor.
Pongámonos en camino, si no lo hemos hecho ya, dando testimonio de la Fe que decimos profesar. A veces lo haremos con nuestras palabras, pero habitualmente lo haremos cuidando de quienes van pasando a nuestro lado. No hay más. Tampoco menos.
La imagen es de Tobi en pexels
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