Cuando María dio su sí al ángel Gabriel aceptando ser madre de Dios, no podía ni sospechar lo que le esperaba después. Ella era casi una niña que había tenido hasta entonces una vida sencilla, rural, de pueblo, de familia. Vivía una vida aparentemente corriente, aunque, de hecho, no era así, porque ella era una persona que vivía la vida ordinaria con una extraordinaria fe y una extraordinaria caridad: María ya vivía con el estilo de vida que años más tarde predicaría su hijo Jesús a todo aquel que quisiera escucharle. Y también José.

Ellos dieron su sí al Cielo sin hacer preguntas y sin saber qué les esperaba tras aceptar cuidar del Niño. Y, a pesar de convivir diariamente con él, nunca perdieron su capacidad de admirarse por lo que se decía de él y por lo que iban viviendo con él.

Algunas de las cosas extraordinarias que decían del Niño o que vivían con él las entendían. Otras, que no comprendían, las aceptaban y las conservaban en el corazón esperando, quizás, llegar a entenderlas en algún momento.

Como en cierta ocasión, en la que José y María escucharon cómo un hombre llamado Simeón les confirmó que Jesús era el Salvador que su pueblo estaba esperando. También les adelantó que una espada traspasaría el alma de María.

Simeón se admiró del regalo que le había hecho Dios dejándole conocer al Mesías. María y José se admiraban de lo que Simeón decía del niño. Y la profetisa Ana, admirada, también hablaba del Niño a quienes aguardaban la liberación de Jesusalén.

Nosotros también estamos llamados a no perder nunca nuestra capacidad de admiración.

Estamos llamados a nacer de nuevo y a vivir como niños que todo lo esperan de su Padre. Y a dejarnos sorprender por tantas cosas maravillosas como ocurren a nuestro alrededor cada día a las que no les damos la importancia que merecen.

No debemos dejar que el día a día nos absorba, ni que nos coma la rutina o que sean las prisas las que acaben con nosotros. Ni debemos permitir que el paso del tiempo o la experiencia nos dejen sentir que tenemos todo controlado o que ya nos sabemos todo. Sería un gravísimo error, porque no es así.

Debemos enfrentarnos a cada nuevo día con la ilusión de que saber que el día puede y debe ser extraordinario. Porque cada día podemos vivirlo desde el amor y con la confianza de saber que en la retaguardia va siempre con nosotros el Dios de las sorpresas.

La vida nunca debe dejar de ser un viaje apasionante, porque siempre nos quedará mucho por descubrir y mucho por aprender, tanto de lo que pasa a nuestro alrededor como de lo que va pasando en nuestras relaciones con las personas, en nuestras relaciones con Dios e incluso en nuestro interior.

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él. Evangelio Lucas 2, 22 – 40

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.