Todos nosotros estamos llamados a vivir desde la Esperanza, confiando en que nuestras causas terminarán resolviéndose de la manera más favorable. Una Esperanza sustentada en una inmensa confianza en ese Dios que es, sobre todo, Padre.

También estamos llamados a vivir desde la Esperanza en nuestras comunidades.

Necesitamos los unos de los otros. Aislados no podemos vivir. Porque muchas veces atravesamos épocas en las que parece que la vida nos sonríe, pero todos, sin excepción, atravesamos también temporadas en las que se nos amontonan los problemas, nos agobiamos, nos desanimamos, o nos parece que no vamos a ser capaces de salir adelante. Y es ahí, muy especialmente en esas etapas en las que nos sentimos más vulnerables, cuando más necesitamos apoyarnos en las personas que nos rodean y también en Dios.

Lo que ocurre en los distintos ambientes en los que todos nos movemos es contagioso. Y, de la misma manera que si en un frutero se hay una pieza de fruta ya pasada todo el frutero se estropea, así ocurre también en nuestras comunidades: en las comunidades en las que todos nos movemos -nuestras familias, nuestros grupos de amigos, nuestros trabajos o nuestras clases- se contagia lo bueno y se contagia también lo malo.

Y nosotros, desde nuestra pequeñez, podemos contrbuir enormemente a que se respire un buen ambiente en todas ellas. Podemos contribuir al murmullo, a la crítica, a la queja o a la desconfianza como forma de estar, de la misma manera que podemos contribuir a mantener a nuestro alrededor un clima de apoyo, de confianza, de ayuda y de Esperanza.

Así, desde lo pequeño. Sin decir nada. Simplemente estando. Simplemente con nuestra actitud. Simplemente con la diposición de nuestro corazón. Cuando las cosas nos van bien y también cuando nos gustaría que nos fueran mejor.

La invitación que nos hizo Jesús a ser sal de la tierra es algo que tiene mucha más miga de lo que en una primera pensada pueda parecer. Tiene, de hecho, una importancia capital.

Sintámonos, de verdad, corresponsables de lo que pasa en nuestro entorno y hagamos hasta lo imposible por contribuir a que todos respiremos Esperanza. No hay acción pequeña. Todo cuenta. Todo aporta.

Salimos ahora de un tiempo precioso del año que es la Navidad. Un tiempo en el que hemos tenido la oportunidad de renovarnos y de dejar nacer al Niño de nuevo en nuestros corazones.

Ya hemos entrado, de hecho, en el tiempo ordinario: un tiempo también precioso del año en el que no hay nada reseñable en el año litúrgico. Es la vida sin más, La ordinaria. La normalita. La de todos los días. Esa en la que debemos vivir también desde el amor y desde la fe. Como vivió Jesús esos 30 primeros años de su vida de los que apenas si nos ha quedado nada. Vivámosla sabiéndonos corresponsables de lo que pasa en nuestras comunidades, contribuyendo a generar un clima de Esperanza que haga posible que, incluso en este mundo nuestro que está tan estropeado, podamos vivir más tranquilos, más confiados, con una actitud más generosa y con una mirada más optimista.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.