Después de estos preciosísimos días de Navidad, en los que hemos recordado el nacimiento de Jesús y en los que muchos de nosotros hemos aprovechado para hacer balance personal y buenos propósitos, esta semana hemos aterrizado en lo que el calendario litúrgico recoge como tiempo ordinario: unas semanas del año conformadas por días en los que no se celebra nada especial. Y en este llamado tiempo ordinario viviremos hasta la Cuaresma, que en 2024 dará comienzo el día 14 de febrero.
Recién quitadas las luces, el portal de Belén y el árbol de nuestras casas, además de en el tiempo ordinario, hemos aterrizado en la cuesta de enero y hemos vuelto al trabajo, a la vida cotidiana y, de alguna manera, a la rutina.
Y a más de uno la situación se nos hace un poco difícil de llevar.
Pero lo cierto es que no debemos permitir que eso ocurra. Porque la vida de verdad no es ni la de los fines de semana, ni la de las vacaciones ni la de los días especiales en el calendario litúrgico. La vida de verdad, la que ocupa más días en el calendario, es ésta. Y podemos disfrutar de ella, viviendo cada momento como si fuera único. Porque lo cierto es que cada día puede y debe ser especial.
Estamos llamados a ser felices todos los días del año. Todos. También esos temidos lunes en los que bien tempranito nos despertamos de un susto cuando suena el despertador. También los días de fracasos, los días de enfermedad, los días de estrés, los días de incertidumbre o los días de preocupaciones.
La receta para hacerlo posible la conocemos más que de sobra: vivir cada día desde el servicio, desde el amor, dando importancia a lo que de verdad la tiene, tratando de tener presente a Dios y tratando de cuidar de quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Porque lo que de verdad marca la diferencia entre un día de éxitos y uno de fracasos no son los éxitos o los fracasos sino cuánto amor hemos puesto en cada uno de los pasos que hemos ido dando.
No hay más. Ni menos.
Jesús prometió a los suyos que estaría con ellos todos los días y nos lo sigue prometiendo hoy a nosotros. Podemos vivir con la confianza y con la seguridad de que esto es así.
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos«
Mateo 28, 19 – 20
No dejemos de buscar la grandeza en las pequeñas grandes cosas del día a día. No dejemos de ver la mano del Cielo también en lo cotidiano. No dejemos de saborear los matices. No dejemos de dar su justo valor a todo lo bueno que tenemos en la vida y vivamos sintiéndonos agradecidos por tanto como se nos ha regalado.
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