Hace unos días me invitaron mi hija Ana y su amiga Elena a ir con ellas a una adoración en la iglesia de San Agustín. Confieso que yo nunca había ido a ninguna y ya tenía ganas de ir en alguna ocasión, por lo que mi sí estaba fácil. Me compartieron el mensaje de whatsapp que había distribuído la iglesia, que proponía una adoración la noche del día 31 de octubre como alternativa a la noche de halloween, y el mensaje me cautivó: «¿Por qué tienes miedo? (Mateo 14, 22 – 33). Este 31 de octubre, mientras el mundo juega a pasar miedo, nosotros te invitamos a dejar de temer. Una noche para enfrentarte a la tormenta y mirar a quien puede sacarte de ella».
Y me fui con ellas.
Fue una experiencia intensa y preciosa. Mis emociones fueron muchas. Pero os comparto hoy aquí una de ellas, que se me hizo fuerte: la certeza de que Jesús siempre nos está esperando.
Jesús siempre nos está esperando en la iglesia o donde quiera que sea que nos guste rezar.
Podemos buscarlo en la eucaristía. Podemos buscarlo para hablar con Él en una capilla, dando un paseo por el Retiro, en un descanso en el trabajo entre tarea y tarea o mientras hacemos la comida. Es un privilegio para nosotros saber que hasta los quehaceres más sencillos podemos hacerlos en su compañía. E intuyo que también es un privilegio para Él que nosotros busquemos su compañía en en nuestro día a día.
Jesús siempre está deseando que acudamos a él. Siempre está dispuesto para la escucha, para la charla, para consolarnos o para atendernos en esos momentos de agobio en los que tantas veces, desbordados, levantamos la mirada en busca de ayuda.
«Venid a Mí los cansados y agobiados y Yo os aliviaré» (Evangelio Mateo 11, 28)
En el Cielo siempre nos están esperando. Como el padre que salía cada día a esperar a aquel hijo que le había pedido la herencia y lo había abandonado para irse por ahí a malgastarla. Aquel padre no esperaba a su hijo por sus muchos méritos. Lo esperaba porque lo quería a pesar de sus errores.
Jesús siempre nos está esperando en el otro.
Son muchas las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Algunas son muy próximas y otras son más circunstanciales. Algunas nos resultan fáciles de querer y otras no tanto.
Pero estamos llamados a mirar a todas ellas como hermanas. Estamos llamados a estar pendientes de ellas, estamos llamados a cuidarlas, estamos llamados a poner nuestros talentos a su disposición y estamos llamados a quererlas tanto como las quieren desde el Cielo.
«En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Evangelio Mateo 25, 40).
De esas personas que nos rodean en el día a día, por otro lado, son de las que muchas veces se valen desde el Cielo para hablarnos. Como en esta ocasión se valieron de Ana y Elena para invitarme a ir a adoración.
Cierro este post dando las gracias a Ana y a Elena por su invitación (¡gracias, lindas!) y compariéndo una canción preciosa, muy conocida, que me gusta desde hace ya años; se titula Un corazón que mana. Allá va:
La imagen es de marcos-felipe-177641462 en pixabay
Gracias Martita 😘