Muchos de nosotros estamos cargados de prejuicios. Algunos son muy evidentes y los reconocemos con facilidad. Juzgamos a las personas por su aspecto, por su raza, por su educación, por su forma de vestir o por su orientación sexual.
Pero hay otra forma de prejuicio de la que quizá somos menos conscientes. Podemos clasificar a las personas por los errores que han cometido. Por las decisiones equivocadas que tomaron. Por el pecado que arrastran. Por aquello que hicieron mal en algún momento de su vida.
Y cuando dejamos que el pecado de alguien condicione nuestra mirada, corremos el riesgo de dejar de ver a la persona que hay detrás.
Corremos el riesgo de dejar de ver al hijo, al hermano, al amigo, al compañero. Corremos el riesgo de dejar de preguntarnos qué le llevó hasta allí, qué heridas carga, qué circunstancias ha vivido, qué batalla está librando.
Y, sobre todo, corremos el riesgo de dejar de darle la oportunidad de cambiar.
En la parábola del hijo pródigo hay dos maneras muy distintas de mirar al mismo hombre.
El padre sabía perfectamente lo que había hecho su hijo. Sabía que le había pedido su herencia, que lo había abandonado y que había malgastado todos sus bienes. Sabía que había tomado decisiones equivocadas.
Pero nunca dejó de ver a su hijo.
Nunca dejó de soñarlo de vuelta. Nunca dejó de esperar que un día regresara. Nunca dejó de imaginarlo arrepentido, llevando una vida ordenada y en paz. Y le esperaba cada día.
Ese padre eligió ver a la persona que había detrás de esas malas decisiones.
Su hermano, sin embargo, no fue capaz de hacer lo mismo. No dejó espacio en su corazón para el perdón ni para el restablecimiento de los lazos del amor.
Eligió ver las malas decisiones. Y dejó de ver a su hermano.
¿Cuántas veces hacemos nosotros algo parecido? ¿Cuántas veces reducimos a alguien a su error? ¿Cuántas veces una decisión equivocada de una persona se convierte, para nosotros, en una etiqueta que ya no conseguimos quitarle?
Y eso mismo que nosotros hacemos, también pueden hacerlo con nosotros. Porque todos cometemos errores. Todos tomamos malas decisiones. Todos pecamos.
¿No agradecemos acaso que, cuando nos equivocamos, haya personas dispuestas a perdonarnos? ¿No agradecemos que no nos definan por nuestro peor momento? ¿No agradecemos que quienes nos rodean sean capaces de seguir creyendo en nosotros a pesar de todo?
Una de las caras más bonitas del amor es la limpieza de corazón. Es ser capaces de mirar el pecado sin dejar de ver a la persona. Es no confundir lo que alguien ha hecho con lo que alguien es. Es dejar siempre una puerta abierta al arrepentimiento, al cambio y al perdón.
Como ese Dios que es, sobre todo, Padre, hace siempre con nosotros.
Ojalá llegue pronto el día en el que sepamos mirar con Su mirada a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
La imagen es de Julia Filirovska en pixabay
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”». Evangelio Lucas 15, 11 – 32
Deja una respuesta