Muchos de nosotros hemos sentido alguna vez la sensación de no encajar demasiado bien en el mundo en el que nos ha tocado vivir.

En ocasiones es la velocidad a la que gira el mundo lo que nos hace sentir que, más que vivir en el mundo, corremos detrás de él. La velocidad a la que se suceden los avances tecnológicos, la velocidad a la que nos vemos forzados a adaptarnos a ellos, la velocidad a la que aparecen las noticias o la velocidad a la que esas mismas noticias se olvidan. ¡Qué difícil resulta a veces vivir desde la serenidad y en un estado de paz mental!

En otras ocasiones son los valores que se han impuesto en la sociedad y la forma en la que se conduce la mayoría de la gente lo que nos echa para atrás y nos impide conectar con las personas, confiar en ellas y abrirles el corazón.

Pero lo cierto es que este es el momento histórico en el que hemos nacido y esta es la vida que tenemos que aprovechar, aunque las circunstancias que nos rodean no nos encajen demasiado bien. Aquí y ahora es donde nos ha puesto Dios y aquí y ahora es donde tenemos que florecer. Y, como podemos estar seguros de que Dios no se ha equivocado, no nos queda más remedio que tratar de encontrar el camino que pensó para nosotros.

Para encontrar nuestro lugar en el mundo, conviene dejar a un lado la presión social, que siempre querrá que nos mimeticemos con el resto del mundo y nos invitará a que no desentonemos demasiado ni hagamos sentir a otras personas que otra mirada es posible, que otra forma de comportarse es posible y que otra forma de ser feliz es posible.

Para encontrar nuestro lugar en el mundo conviene que nosotros mismos no andemos comparándonos con quienes tenemos cerca. Porque cada uno tenemos nuestro camino y a cada uno se nos han regalado los talentos que necesitamos para recorrerlo. Ni uno más. Ni uno menos. Y el camino ideal para nosotros no será ni parecido al de las personas con las que nos podemos estar comparando.

Para encontrar ese camino conviene que nos pongamos en manos de Dios. Conviene cosultarle. Conviene tener disposición a escucharle, sea cual sea la vía por la que nos quiera inspirar o quiera hacerse el encontradizo. Conviene que estemos dispuestos a sentarnos en el asiento del copiloto, dejando que sea Dios quien se ponga a los mandos y conduzca nuestra vida. Confiados; como niños que todo lo esperan de su Padre. Aunque no tengamos claro del todo ni a dónde ni por qué camino iremos.

Existe un lugar en el mundo perfecto para cada uno de nosotros. Todos somos necesarios. Y todos necesitamos los unos de los otros.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?; si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios. Y los miembros del cuerpo que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan. Pues bien, Dios organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece de él, para que así no haya división en el cuerpo, sino que más bien todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.  

(Primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 12 – 27).

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