La presión social es un fenómeno que siempre está al acecho. Es esa influencia que el entorno quiere ejercer sobre nosotros para que actuemos conforme a las normas, expectativas y comportamientos establecidos.
En ocasiones casi ni nos damos cuenta de que está ahí. Pero está. Y es la presión social la que a veces, por ejemplo, nos conduce a callar lo que pensamos para no dar la nota. Lo mismo ocurre cuando nos dejamos arrastrar por la corriente de lo normal aunque en el fondo no estemos demasiado de acuerdo. O cuando nos reimos de un chiste aunque nos parezca inadecuado. Posiblemente la presión social nos pasa desapercibida solamente cuando se trata de asuntos menores. Pero nuestras actuaciones en esos asuntos pequeños también hablan de nosotros y son también importantes, porque después de una cesión, por pequeña que sea, siempre vendrá otra cesión algo mayor y luego vendrá otra. Así que lo conveniente, en mi opinión, es no bajar la guardia y mantener siempre activo un espíritu crítico que nos ayude a mantener la coherencia.
A veces sí que sentimos la presión social con fuerza, muy especialmente si tenemos que tomar decisiones relevantes que sabemos que pueden no gustar demasiado a quienes nos rodean. En estos casos es fácil que se nos presente la tentación de claudicar de la decisión correcta para evitar problemas, para evitar enfados o para evitar enfrentamientos.
Pero no hay que claudicar. No hay que tirar la toalla. No tenemos que quedar bien con todo el mundo porque eso no es ni posible ni necesario.
La presión social es algo tan antiguo como el mundo. Ya el rey Herodes sintió esa presión siglos atrás. Cuenta el Evangelio que en cierta ocasión había prometido a la hija de Herodías que le daría lo que le pidiese y, cuando ésta le pidió la cabeza de Juan Bautista él no fue capaz de reconducir aquella insensatez. Por no romper su juramento y por no quedar mal con quienes habían sido testigos de la conversación, el rey mandó cortar la cabeza de San Juan: un hombre al que él respetaba y consideraba justo y santo.
No fue ese el caso de Jesús. El Maestro mantuvo la misma doctrina fuera cual fuese su auditorio, mantuvo siempre una vida coherente con la doctrina que predicaba y no tuvo ningún problema en perder seguidores o en enfrentarse a los poderosos fariseos para defender la verdad. Y por defender la verdad terminaron matándolo.
Esa fidelidad que tuvo Jesús a la verdad y a Dios es la misma que se nos pide a quienes queremos seguirle y hacer vida su Evangelio. Es con Dios con el único que tenemos que quedar siempre bien.
Sabemos que no va a ser fácil, porque el cristianismo no está de moda y vivir según su lógica -la lógica del amor- nos llevará en numerosas ocasiones a tener que comportarnos de manera diferente.
Pero el cristianismo es una religión de máximos. No le caben las medias tintas, no le caben las medias verdades y no le caben las mediocridades. Es una religión para valientes, dispuestos a darse por entero.
Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Evangelio Marcos 6, 17 – 28
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