No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

(Evangelio Mateo 6, 19 – 21)

La sociedad en la que vivimos, terriblemente individualista, nos invita a que vivamos centrados en nosotros mismos:

Nos invita a vivir siempre atentos a lo que hemos conseguido y a lo que tenemos y, sobre todo, a lo que nos gustaría conseguir y nos gustaría tener. Aspirando a llegar a ocupar algún día esos primeros puestos que a nuestros ojos ocupan aquellos que han conseguido posiciones relevantes, influencia o o más bienes materiales.

Ese mirar, fundamentalmente, hacia adentro, también nos lleva a auto compadecernos mucho más de lo que sería razonable cuando las cosas no nos van todo lo bien que nos gustaría. Y así, cuando nos equivocamos, cuando fracasamos, cuando nos sentimos perdidos, cuando acusamos la soledad o cuando sentimos que quienes nos rodean no se portan con nosotros como deberían, nuestros problemas se nos hacen más grandes de lo que en realidad son.

Vivir para nosotros mismos también nos lleva casi a obsesionanos con asegurarnos el futuro.

Y así, con el corazón centrado en nosotros mismos, casi sin que nos demos cuenta, se nos pueden pasar los días, se nos pueden pasar los meses e incluso se nos pueden pasar los años sumidos en una vida con la que nunca terminamos de estar satisfechos. Porque siempre hay quienes son más influyentes que nosotros. Porque aunque tengamos una buena casa soñamos con tener una casa mejor. Porque en las dificultades nos miramos demasiado el ombligo. Porque nunca nos parece que tenemos el futuro sufientemente asegurado.

La propuesta que nos hacen desde el Cielo es que vivamos según la lógica del amor, orientados hacia los demás y con la confianza puesta en Dios:

Desde el Cielo nos proponen que nos neguemos a nosotros mismos. O, lo que es lo mismo, nos proponen que antepongamos las necesidades y los intereses de los demás a nuestras propias necesidades, intereses o apetencias.

Desde el Cielo nos invitan a poner los talentos que nos regalaron al nacer al servicio de todas las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y, muy especialmente, al servicio de aquellos a los que las cosas no les van demasiado bien.

Desde el Cielo nos invitan a trabajar mucho, claro que sí, pero con la confianza puesta en ese Dios que es, sobre todo, Padre y que está deseando que le dejemos formar parte activa de nuestra vida.

Y así, viviendo según la lógica del amor, tendremos una vida plena que nos llevará a ser profundamente felices y a generar felicidad entre las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Tenemos un modelo impecable en María, que ya antes de la concepción de Jesús, vivía según la lógica del amor que su hijo predicaría varias décadas después:

¿Qué hizo ella tras su Hágase en mí según tu palabra al ángel Gabriel? ¿Se vino arriba por haber sido la escogida para tan altísima misión? ¿Empezó a cuidar de sí misma y del niño que ya llevaba en su vientre? ¿Se agobió pensando cómo iba a explicar aquel embarazo a sus padres o a José? ¿Se vino abajo al ver cómo se truncaban los planes que a buen seguro había hecho con José? ¡Qué va! Tan pronto conoce por el ángel Gabriel que su prima Isabel, ya mayor, está en estado, no se lo piensa dos veces y se pone, deprisa, en camino hacia Judá para atenderla en los últimos meses de su embarazo y se queda con ella hasta el nacimiento de su hijo Juan.

Eso es vivir en la Fe. Eso es vivir orientado hacia el otro.

Para terminar este post os comparto un poema precioso escrito por José María Rodríguez Olaizola, con el que topé casualmente hace unos días en X, titulado El centro de la vida:

Si acaparo el centro de mi vida
solo habrá música en clave de yo.
Mis anhelos y dudas, mis problemas,
mis tristezas y miedos, mi alegría.
Mis batallas de dentro,
mis heridas de fuera.
Hay un ego insaciable
reclamando atención.
¿Qué exigencia me mueve?
¿Qué necesito ahora?
¿Qué me duele? ¿Qué me falta?
¿Qué me llena?
Siempre hay algo que añadir a esa lista infinita de desvelos.
Un constante reclamo de mejoras.
Una sordera crónica ante lo ajeno.
Hasta a Ti te intento controlar
para apresarte en mis esquemas.

Si Tú estás en el centro de mi vida
todo encuentra su sitio.
El prójimo aparece en el paisaje.
El amor es historia y no trinchera.
Las tristezas y dichas se comparten.
La fe es la luz que rasga las tinieblas
y descubre horizontes diferentes.
El yo es solo un pronombre
entre otros muchos.
La mirada se nutre en la belleza
que se oculta a los ojos de Narciso.
la amistad es regalo y no cadena.

Solo hay que descentrarse
y devolverte a Ti el centro de la vida.

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