Uno de los pasajes más conocidos de la vida pública de Jesús es el que narra cómo el Maestro estaba en un lugar desierto rodeado de una multitud; como se hizo tarde, los discípulos le pidieron que despidiera a las gentes para que pudieran comprar comida y Él les contestó: no hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.

¡La cara que se les quedaría a aquellos discípulos! Sin más víveres que cinco panes y dos peces, en un despoblado, posiblemente sin apenas dinero y con el encargo de dar de comer a más de cinco mil hombres, sin contar mujeres ni niños. Imposible.

El Maestro parecía que les estaba pidiendo una misión imposible, pero no era así:

Ese Maestro quería de sus discñipulos que pusiseran a disposición de aquellas gentes todo lo que tenían. Lo que tenían eran cinco panes y dos peces y los ofrecieron, aún a sabiendas de que aquel alimento era, a todas luces, insuficiente para tantos.

Ese Maestro quería de ellos que confiaran en Él. Y ellos confiaron. Creyeron en Él y en su palabra a pesar de no ver un posible desenlace para aquella situación.

Ese Maestro quería que sus discípulos colaboraran con él. Ellos serían los encargados de hacer el reparto de la comida entre toda aquella multitud aunque lo difícil -multiplicar aquellos panes y aquellos peces- lo hiciera Él, en colaboración con Dios Padre.

A nosotros hoy, siglos después, Jesús nos sigue pidiendo lo mismo que a aquellos discípulos:

Jesús nos sigue pidiendo que pongamos todo lo que tenemos a su servicio y, sobre todo, al servicio de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Nos pide que nuestros cinco panes y dos peces -nuestros talentos, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestro conocimiento, nuestros contactos o nuestros desvelos- estén siempre al servicio de los demás.

Jesús nos sigue invitando a tener la confianza puesta en Él y en ese Dios que es, sobre todo, Padre. Aunque no veamos posibles desenlaces felices para las situaciones que nos rodean. Jesús nos invita a vivir confiados, como niños, que todo lo esperan del Cielo.

Jesús nos sigue invitando a que seamos sus manos aquí en la tierra. Dios es todopoderoso y todo podría hacerlo sin nuestra colaboración, pero lo cierto es que ha elegido necesitarnos. Y no tenemos tiempo que perder, porque la mies es mucha y los obreros son pocos.

Si así vivimos, de manera generosa y con la confianza puesta en Dios, nunca dejaremos de sorprendernos. Igual que en aquella ocasión se recogieron nada menos que doce cestos llenos de sobras, nosotros nos encontraremos con que ahora, siglos después, desde el Cielo nos siguen dando a manos llenas.

Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos». Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Evangelio Mateo 14, 13 – 21

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