En la sociedad en la que vivimos es habitual que cuidemos la imagen que proyectamos hacia afuera. ¡A quien no le gusta causar buena impresión! El problema está en que muchos de nosotros damos un paso más allá e, hipócritas, nos esforzamos por mostrar una imagen que en realidad no se corresponde con lo que somos, con lo que vivimos o con lo que llevamos en el corazón.

Cuando nadie nos ve no sentimos esa presión social que tantas veces condiciona lo que hacemos. Y, como no tenemos que proyectar ninguna imagen hacia afuera, es cuando nos comportamos como realmente somos.

Cuando nadie nos ve es cuando podemos quitarnos el traje de superhéroe que tantas veces nos ponemos al salir de casa. Podemos hacer visible nuestra fragilidad, podemos mostrarnos vulnerables, podemos dejar aflorar nuestros miedos, podemos dejar que nuestras inseguridades campen a sus anchas y podemos llorar a gusto si nos apetece.

Todo un descanso, que nos facilita tomar conciencia de nuestra verdadera realidad, nos baja del pedestal de la soberbia y nos puede ayudar a mejorar.

Y, quizás también, nos puede ayudar a valorar si tiene sentido volver a ponernos el traje de superhéroe cuando salgamos de casa. Porque ¿de qué nos sirve tener una gran aceptación, o ser muy valorados, o muy queridos o incluso admirados, si esa persona tan aceptada, tan valorada, tan querida o tan admirada está lejos de lo que en realidad somos?

Cuando nadie nos ve puede querer aflorar lo más mezquino de nosotros. Porque es en el anonimato y en la oscuridad donde no tenemos que mostrar a nadie nuestra cara amable ni nuestra mejor versión. Pero es importante que seamos muy correctos también en las pequeñas cosas que hacemos y pensamos en la intimidad. Porque estamos llamados a ser fieles también en lo poco. Y lo poco, en realidad nunca es tan poco. Y una una pequeña desviación siempre lleva a otra un poco mayor.

Debemos tratar de ser coherentes siempre. Porque, aunque nadie pueda ver esas incoherencias que en lo escondido pueden aflorar con facilidad, nosotros siempre seremos conscientes de que están ahí. Y no estaremos orgullosos de ellas ni de nosotros mismos. Y las reconoceremos como un obstáculo que nos dificulta continuar avanzando en el camino del amor.

Cuando nadie nos ve es cuando podemos disfrutar de estar en la intimidad con ese Dios que nos quiere como de verdad somos. A pesar de nuestras vulnerabilidades, nuestros fallos y nuestras miserias. Vunerabilidades, fallos y miserias que conoce incluso mejor que nosotros mismos, porque todo lo sabe y todo lo ve. Afortunadamente, Dios no nos quiere por nuestros méritos, sino que nos quiere porque es, sobre todo, Padre.

Les decía: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga»

Evangelio Marcos 4, 21 – 23

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