En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino deprisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 

Lucas 1, 39 – 40

El ángel Gabriel acababa de anunciar a María que iba a ser madre Dios.

María podía haber empezado a cuidar de sí misma para empezar así a atender al niño que llevaba ya en el vientre. Podía haberse parado a planear cómo iba a arreglárselas para explicar aquel embarazo, especialmente a José. O podía haberse parado a tratar de imaginar las muchas singularidades que aquello iba a traer a su vida. Pero no fue eso lo que pasó. María supo también a través del ángel Gabriel del estado avanzado de su prima Isabel, ya mayor, y se puso en camino deprisa para atenderla. Se olvidó de sí misma para cuidar de quien en aquel momento necesitaba su ayuda.

Y con su rápida reacción hizo gala de su grandísima Fe y de su grandísima caridad. Esa Fe y esa caridad que 30 años más tarde empezaría a predicar su hijo Jesús a todo aquel que quisiera escucharle: el amor a Dios y el amor a los hombres, nuestros hermanos.

Hoy María también tiene prisa para que conozcamos a Jesús. Prisa para que, de verdad, lo conozcamos y para que obremos en consecuencia. Porque a aquel que de verdad conoce a Jesús se le transforma el corazón y la mirada. Y siente un fuerte deseo de cambiar de vida, de ser mejor, de asemejarse a él y de cuidar de quienes van pasando a su lado en el camino de la vida. Y siente tamibén un fuerte deseo de compartir su tesoro con otros.

Hoy nosotros deberíamos tener prisa por ponernos, de verdad, en camino y hacer vida el Evangelio. Con serenidad y con paz. Pero con prisa. Porque no sabemos ni cuánto tiempo viviremos ni cuáles serán las circunstancias que rodearán nuestra vida en el futuro. No conviene dejar lo que de verdad importa para más adelante.

No dediquemos demasiado tiempo al discernimiento. No andemos mareando la perdiz . No nos perdamos en un laberinto de excusas que en el fondo sabemos que tan solo persiguen esconder nuestras inseguridades y nuestros miedos.

No nos dejemos envolver por la comodidad ni busquemos nuestra seguridad. No aplacemos decisiones. No procrastinemos. No entremos en zona de confort. Que la nuestra es una religión de máximos que nos invita a darlo todo. Todo. Debemos poner nuestros cinco panes y nuestros dos peces al servicio del Reino. Dios se ocupará del resto.

Hoy es un buen día estar en camino, remangarse, vivir desde el amor y dar testimonio. Que este querido mundo nuestro que está tan estropeado necesita de cristianos valientes y comprometidos que den luz en los entornos en los que viven. Desde lo pequeño. Desde el día a día. Sin fuegos artificiales.

La mies es mucha y los obreros pocos.

1 comentario

  1. Gracias Maria por enseñarnos la la Fe de abandonarnos en Su hijo Jesús! es más grande ejemplo de humildad, obediencia y fe.

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