Vivimos en una sociedad en la que todos estamos cada día más crispados y más polarizados. Es una tendencia clara que nos va envolviendo aún sin quererlo. Si no tomamos conciencia de ella nos irá atrapando cada vez más. E iremos viendo cada día con más normalidad que lo habitual es relacionarnos tan solo con nuestros pares -esos que piensan igual que nosotros- y así, casi sin que nos demos cuenta, iremos dando cada vez menos cabida en nuestra vida a la escucha del otro para tratar de entender sus ideas, su sentir y, sobre todo, sus porqués.

Y esto, que es ya una realidad, sobre todo en el ámbito de nuestra ideología política, corremos también el riesgo de llevárnoslo al ámbito de lo espiritual. Y relacionándonos tan solo con quienes tienen una espiritualidad afín a la nuestra podemos llegar a sentir que la nuestra es la forma buena de vivir la Fe. Tremendo error.

Debemos tener claro que esta querida Iglesia nuestra, que conformamos todos los que queremos hacer vida el Evangelio, es una Iglesia diversa. Una Iglesia en la que caben distintos carismas y distintas miradas.

Debemos vivir abiertos a entendernos con quienes no piensan en todo igual que nosotros y a enriquecernos con todo lo bueno que nos pueden aportar, de la misma manera que nosotros también podemos enriquecerlos a ellos. ¿Por qué tenemos que vivir las diferencias como si fuésemos rivales cuando tenemos un objetivo compartido? ¿Cuándo entenderemos que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa?

Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

Evangelio Marcos 9, 38 – 40

En esta preciosa familia que es la Iglesia cada uno tenemos nuestra función y todos somos necesarios para hacerla crecer y transformarla en esa Betania capaz de acoger a quienes aún están lejos o a quienes vendrán detrás.

Disfrutemos del regalo que es sabernos parte de esa gran familia que nos trasciende. Una familia de personas comprometidas con el Evangelio. Una familia de personas a las que -pese a nuestras diferenicias- nos une un mismo Espíritu. Una familia que de alguna manera, conforma nuestra identidad. Una familia de la que todos somos corresponsables.

Jesús ansiaba tener un solo rebaño en el que juntar a todas sus ovejas y que todos fuésemos uno con él y uno también con Dios Padre. Nosotros estamos llamados a soñar su sueño y a contribuir, en la medida en la que cada uno podamos, a que algún día ese sueño se haga realidad.

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

Juan 17, 20 – 23

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