El próximo domingo celebraremos el Domingo de Ramos. Con él dará comienzo nuestra Semana Santa y conmemoraremos la entrada de Jesús en Jerusalén.

Una entrada triunfal en la que el Maestro fue aclamado por su pueblo como alguien que había llegado en nombre del Señor. Una entrada con la que lo reconocieron como lo que era y le dieron su justa bienvenida.

Ante semejante bienvenida Jesús no se creció. Él era un hombre sencillo que lo único que había buscado era cumplir en todo con la voluntad de su Padre y con la misión que le tenía encomendada. No le interesaba ni mucho ni poco ser visto como un triunfador a los ojos de los hombres: lo único que él ambicionaba era que los hombres aceptasen su doctrina e hicieran del amor su estilo de vida.

Por otro lado, Jesús sabía leer los corazones de las personas con las que se relacionaba. Y era muy consciente de que entre aquellos que en aquel momento le alababan y le aclamaban había muchos que, simplemente, se estaban dejando arrastrar. Y que, de la misma manera que en aquel momento le alababan, días más tarde, pedirían a Pilatos que lo crucificara y dejara libre a Barrabás.

Bien sabía el Maestro el final que le esperaba, porque le había sido adelantado por su Padre.

Nosotros tampoco debemos caer en la tentación de venirnos demasiado arriba cuando la vida nos sonríe y vamos cosechando éxitos.

Es fácil que en etapas de éxitos sintamos que nos los hemos ganado, que nos los merecemos e incluso que la soberbia empice a ser nuestra compañera de viaje, en lugar de tomar conciencia de lo mucho que nos ayudan desde el Cielo y sentirnos agradecidos por tanto.

Debemos ser muy conscientes también de que los días de éxitos y los de fracasos se van alternando a lo largo de la vida. Y que tan malo es venirse demasiado arriba en los momentos de gloria, como hundirse en los momentos de fracaso.

La única actitud sensata siempre es la de mantenerse cerca de Dios, agradecidos cuando las cosas nos van bien, y pidiéndole fortaleza cuando cuando las cosas no nos van como nos gustaría. Porque de esas etapas difíciles, que ninguno queremos para nosotros mismos, también podemos sacar grandes aprendizajes, podemos poner en valor talentos que no sabíamos ni que teníamos, podemos crecer en la Fe y podemos educar la mirada para entender mejor a personas que nos rodean a las que la vida no les va bien.

Creo que es importante que seamos ambiciosos. Con una ambición bien entendida, claro está. Una ambición que nos lleve a querer triunfar, no a los ojos del mundo con la lógica del mundo, sino a los ojos del Cielo, según la lógica del amor. Una lógica que nos lleva a comprender que los más grandes a los ojos del Cielo son los que más sirven.

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”». Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?». Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!». Entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce. 

Marcos 11, 1 – 11

2 comentarios

    1. Es una bellísima reflexión, que en esta Pascua Jesús nos ilumine a estar en el mundo, sin ser de el. En los buenos y en los malos momentos El siempre estará ahí. Gracias Marta

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