Durante nuestro paso por este mundo, desde el Cielo siempre salen a nuestro encuentro. En algunos casos Dios sale a nuestro encuentro en la niñez. En otros, sale a nuestro encuentro en nuestra juventud, en otros en la madurez y en otros casos sale a nuestro encuentro en la vejez. Y como muchos de nosotros no respondemos a su primera llamada, en cierto modo le obligamos seguir haciéndose el encontradizo con nosotros, como tiempo atrás hiciera Jesús con los discípulos de Emaús.

El porqué de los diferentes tiempos de Dios con cada uno no nos debe importar demasiado: lo importante es que cuando le demos nuestro «sí» se lo demos de corazón y obremos en consecuencia. Y que ese «sí» se traduzca en un cambio en nuestra vida, en nuestras prioridades y en nuestra mirada.

Sabemos que avanzar en ese camino del amor no será fácil. Tendremos cruces. Llegarán las dificultades y tendremos paradas, dudas, caídas y etapas de retroceso. Pero siempre podremos recomponernos, pedir perdón cuando sea el caso, y seguir adelante.

El premio para todos aquellos que le hayan dicho que sí será el mismo: el Paraíso. Aunque unos hayan pasado más años trabajando para construir el reino que otros. ¿No es acaso un regalo adicional para los que dieron su «sí» de jovencitos, haber podido pasar toda una vida sabiéndose en el camino correcto y disfrutando de la compañía de ese Dios que es, sobre todo, Padre?

Posiblemente el caso de conversión más tardío que todos conocemos es el caso de Dimas, ese al que llamamos «el buen ladrón», al que crucificaron junto al Maestro.

Dimas se sabía pecador, se sabía condenado con razón. Y, aún en una situación tan dolorosa para él, miró a su lado y supo ver más allá: vió en Jesús a un hombre bueno que no merecía el castigo de la cruz y vió en Jesús también a un hombre cuyo reino no era de este mundo. Y le pidió ayuda.

Y ese Jesús que, como Dimas, estaría viviendo el momento más doloroso de su vida, lo acogió.

Hablaron de hombre a hombre, de cruz a cruz. Vistos desde fuera tan iguales y, sin embargo, tan distintos.

Estar allí crucificado junto al Maestro fue lo mejor que podía haberle pasado a Dimas. Porque esa crucifixión que empezó siendo, a buen seguro, la peor de sus pesadillas, terminó facilitándole nada más y nada menos que la entrada en el Paraíso.

Nosotros, siglos después, muchas veces, si pudiésemos, saldríamos corriendo dejando atrás las cruces que nos toca cargar en forma de preocupaciones, enfermedades, dolores, miedos, fracasos, desamores o heridas. Y olvidamos que todo tiene su porqué y su para qué. Y olvidamos que de todo se puede valer Dios para acercarnos a los demás y acercarnos también al Cielo.

Conviene que levantemos la mirada, vayamos por la vida con las luces largas puestas y aprendamos, si no lo hemos hecho ya, a regalar a Dios nuestra Fe.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Lucas 23, 39 – 42

La imagen es de congerdesign en pixabay

2 comentarios

  1. Muchas gracias Marta por esta nueva reflexión. Le pedimos a Jesús que siga iluminándonos para saber aceptar e interpretar las cruces que nos vaya trayendo para nuestro provecho en esta vida terrena. Feliz día.

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