A muchos de los compatriotas de Jesús les costaba entender que podía ser Dios aquel hombre al que veían como su vecino; aquel hombre al que veían como el hijo de María y el carpintero; aquel hombre al que sentían como uno más de todos ellos: un hombre de pueblo, de campo, de familia; un hombre aparentemente corriente con una vida aparentemente como las de los demás. Por eso, cuando Jesus les desveló quién era, se decían «¿No es este el hijo de José?».

Visto desde el siglo XXI, nos cuesta entender cómo podían estar tan ciegos. Pero lo cierto es que muchos de nosotros, de haber estado allí, hubiéramos pensado exactamente lo mismo. Porque, por alguna extraña razón, tendemos a ver las cosas del Cielo como de otra división, de otra liga -la liga de lo sobrenatural- una liga lejos de nuestra realidad y de nuestro día a dia.

Cuando no era así entonces y no es así tampoco ahora.

Jesús nos invitó a mirar a Dios como Padre. Un Padre al que, por supuesto debemos tratar desde el respeto, pero también un Padre cercano, al que podemos tratar desde la confianza y al que podemos confiar nuestras cosas, por pequeñas que nos puedan parecer, porque a Él también le importan.

Y ese Dios, que todo lo puede, nos pide a todos nosotros que seamos sus manos aquí en la tierra.

Esto es algo que a mí, personalmente, no deja de sorprenderme. Porque en realidad Dios no nos necesita para llevar a cabo intervenciones que podría hacer solo. Pero lo cierto es que lo quiere así. Y nos pide que, en el uso de nuestra libertad, le demos nuestro «sí, quiero», como en su día le dieron María y José; nos pide que seamos nosotros quienes extendamos su Reino; nos pide que seamos sal de la tierra; nos pide que seamos luz del mundo; nos pide que vivamos desde el amor. ¿No son acaso, aunque con matices, formas distintas de pedir lo mismo?

Y, porque todos estamos llamados a ser esas manos de Dios aqui en la tierra, es por lo que nos encontramos, tantas y tantas veces, con que Dios actúa en nuestra vida a través de las personas que nos rodean. Y así, desde lo sencillo, desde lo conocido, desde lo cercano, desde lo más próximo a nosotros, es como hoy sigue tantas veces interviniendo en nuestras vidas.

También está en el corazón de cada uno de nosotros, queriendo ser esa brújula que nos vaya indicando el camino que nos conviene seguir. Pero tenemos que querer escucharlo. Y tenemos que querer aceptar sus invitaciones.

No lo busquemos lejos.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo».

Evangelio Lucas 4, 16 – 24

La imagen es de Olichel en pixabay

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