Es común entre los cristianos de a pie pedir oraciones a las personas con las que tenemos confianza cuando tenemos algún problema que nos agobia y necesitamos que se solucione: una enfermedad, una dificultad económica, una búsqueda de empleo o la finalización de una oposición. Lo que no es demasiado común entre esos mismos cristianos de a pie es pedirnos unos a otros un «¿rezas por mí?» sin más. Como sí que estamos acostumbrados a oir pedir entre quienes han dedicado, oficialmente, su vida a Dios.

Yo hasta hace no mucho tiempo me sorprendía cuando oia a algún sacerdote o a alguna religiosa pedír a otra persona que rezara por él o por ella. Y mucho más cuando se lo oía al Papa. Me parecía un poco casi como el mundo al revés. Porque ellos, que han consagrado su vida a Dios -pensaba yo- deben andar mucho más cerquita del Cielo que la mayoría de quienes aspiramos a ser cristianos, pero avanzamos tan solo a trancas y barrancas, luchando contra las tentaciones, nuestras miserias interiores y los espejismos del mundo.

Pero lo cierto es que esas personas que han consagrado su vida a Dios también son eso: personas. Y son, por tanto, tan vulnerables como cualquiera de nosotros. Y posiblemente estén más azotados por las tentaciones que cualquiera de los que vivimos una vida más de andar por casa.

Creo que no debemos tener verguenza de pedir a otros que recen por nosotros. Y muy especialmente si estamos atravesando momentos complicados. Lo harán con gusto, de la misma manera que nosotros rezamos con mucho gusto por aquellas personas que nos lo piden o aquellas de las que sabemos que tienen algún tipo de problema o alguna necesidad material o espiritual.

Pedir a otros que recen por nosotros es, en cierto modo, un acto también de humildad, porque con él nos reconocemos como personas vulnerables, limitadas, necesitadas de ayuda de otras personas y también de Dios.

El poder de la oración es enorme. Y más aún lo es el poder de la oración en comunidad, que es una forma de oración muy especial, porque es también una forma de caridad; una forma de compromiso; una forma de apoyarnos; una forma de demostrarnos amor unos a otros. Es una oración que facilita, en un solo acto, hacer vida la doctrina de Jesús en sus dos direcciones: el amor a Dios y el amor a los hombres. Y cuando es el amor lo que nos une, es el mismísimo Jesús quien nos une. Es su Espíritu el que nos entrelaza con unos lazos más fuertes, incluso, que los lazos de la sangre.

Rezar unos por otros es algo grande. Algo que nos ayuda a sentir que somos parte de una misma familia, una misma Iglesia, diversa, que debe ser lugar de acogida y lugar de encuentro para todos los que quieran formar parte de ella. Y sentirnos parte de esa Iglesia conforma nuestra identidad y nos hace tomar conciencia de que pertenecemos a algo que está muy por encima de nosotros y que da sentido a nuestra vida.

Es un privilegio poder tener a otros en nuestras oraciones y también sabernos en las oraciones de otros.

La imagen es de Etson Guevara Yangua en cathopic

2 comentarios

  1. Gracias Marta por tus reflexiones porque cada vez que escribes es una preciosísima oración tuya hacia nuestro Padre del Cielo y una preciosa oración de intercesión por todos los que te leemos. Cada vez que te leo me llevas a la oración. Yo rezo por ti

  2. Muy bonito. Me recuerda a mi madre, que cuando me escribía cartas al colegio me decía siempre «reza por mis intenciones»

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