Nuestras limitaciones comienzan en nuestras capacidades: esos talentos que nos fueron regalados en el momento en el que vinimos a este mundo y que Dios repartió de manera desigual entre nosotros. Unos somos inteligentes, otros líderes, otros simpáticos, otros guapos otros astutos y otros sensibles. Cada uno tenemos unos dones y, además, aquellos dones con los que contamos los tenemos limitados, por lo que siempre podremos encontrar quien sea más inteligente, mejor líder, más simpático, más guapo, más astuto o más sensible que nosotros.

A cada uno nos regala Dios aquellos talentos necesitaremos en nuestro paso por este mundo. Ni uno más. Ni uno menos. Son talentos que podemos usar en nuestro propio beneficio pero que, fundamentalmente, debemos poner al servicio de las personas que nos rodean.

Por otro lado, a la mayoría de nosotros nos acompañan bastantes miserias: envidias, rencores, soberbias o complejos, que nos ensucian el corazón e influyen en la forma en la que enfrentamos la vida, los problemas y su resolución. Y que también limitan y condicionan enormemente la manera en la que miramos el mundo y a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

De todas esas limitaciones con las que tenemos que convivir sabe Dios. Nos conoce incluso mejor que nosotros mismos y, a pesar de todas ellas, nos quiere y tiene grandes planes para nosotros.

Debemos vivir desde la ambición de querer mejorar, de querer superarnos y de ir avanzando hacia nuestra mejor versión.Porque está en nuestra mano ir recorriendo en el camino que Jesús nos mostró -el camino del amor- y, de su mano, ir dejando atrás, sin prisa pero sin pausa, las miserias del corazón.

También debemos vivir desde la humildad, siendo muy conscientes de que los dones con los que contamos no los tenemos por méritos propios sino que, por el contrario, nos han sido regalados. Y siendo muy conscientes también de que algunas de nuestras limitaciones irán siempre con nosotros. Y que incluso nuevas limitaciones se irán presentando en nuestro día a día a medida que vayan pasando los años y vayamos dejando de ver bien de cerca o vayamos perdiendo elasticidad física o agilidad mental.

Sentir nuestras limitaciones, por otro lado, nos ayudará a dejar atrás esa soberbia que muchos de nosotros llevamos en la mochila. Y nos ayudará también a entender a otros que, como nosotros, también están limitados.

En nuestra mano está pedir ayuda a los demás cuando la necesitemos.

Por supuesto, siempre podremos pedir ayuda a ese Dios que es, sobre todo, Padre, y que está deseando que acudamos a Él y que le pidamos que forme parte activa en nuestra vida.

Nosotros debemos tratar de vivir tan solo desde el amor, convirtiendo así en excepcionales esas pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana. A pesar de nuestras muchas limitaciones.

Si así vivimos, Dios siempre pondrá lo que a nosotros nos falte.

La imagen es de ShonEjai en pixabay

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