«Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra»

Evangelio Lucas 19, 41 – 44

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

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A mí, personalmente, tengo que reconocer que me encanta llegar a Dios por el amor y así lo propongo habitualmente a quienes quieran leer estas reflexiones, desde las que trato de invitar a la relación estrecha, al cariño, a la confianza y a que nos comportemos como hijos con el Padre.

Pero no conviene robar páginas al Evangelio y quedarnos de él con lo que más nos gusta o más nos reconforta. Porque el Evangelio es un todo que tiene su sentido como tal. En él se detalla cómo al final de nuestros días seremos juzgados por el amor. Y no son pocas las ocasiones en las que habla del castigo que sufrirán quienes durante su vida en la tierra no se ocupen los demás. Este hecho está escrito repetidamente, con total claridad, sin paños calientes, incluso con dureza, en distintos pasajes en los que Jesús utiliza expresiones tales como «no os conozco» (Mateo 7, 23) o «allí será el llanto y crujir de dientes» (Lucas 13, 28).

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