Muchos de nosotros conocemos a Jesús y a su Evangelio. Y hemos tomado la firme decisión de hacer del Evangelio nuestra vida. Sin embargo sentimos cómo, una y otra vez, no sólo no avanzamos en el camino del amor, sino que nos estancamos e incluso damos pasos hacia atrás. Continuamos cayendo en miserias que deberíamos tener superadas y nos sentimos muy poco merecedores del amor tan incondicional que nos tiene Dios e indignos de la confianza que deposita en nosotros.

Y nos olvidamos que desde el Cielo saben bien lo que en realidad somos cada uno de nosotros y lo que llevamos en el corazón: nuestras cosas buenas y también esas miserias de las que nos avergonzamos y que nos apuraría reconocer ante otras personas.

También conocen bien desde el Cielo con qué talentos nos equiparon a cada uno cuando nacimos. Unos somos inteligentes, otros simpáticos, otros guapos, otros sensatos, otros prudentes, otros sensibles, otros fuertes y otros sabios. Cada uno de nosotros tenemos los que necesitamos para cumplir el Plan que desde el Cielo tienen para nosotros. Ni uno más. Ni uno menos.

Y olvidamos también que Dios es, sobre todo, Padre. Un Padre que nos quiere mucho más de lo que podamos imaginar, dispuesto a perdonarnos hasta setenta veces siete y al que le gusta que acudamos a Él también en busca también de consuelo, consejo o compañía.

Dios sabe bien de nuestras imperfecciones y aún así tiene grandes planes para nosotros. Para todos nosotros. Porque a todos sus hijos nos quiere en su Reino y de todos quiere valerse para que seamos sus manos aquí en la tierra. Desde nuestra pequeñez. Desde esa vida cotidiana que demasiadas veces parece que tiene tanto de rutinario y tan poco de extraordinario.

Jesús, siglos atrás, nos se rodeó precisamente de personas «pluscuamperfectas». Más bien escogió como íntimos a gentes sencillas, sin un alto nivel cultural, la mayoría pescadores, que tampoco destacaban ni por su conocimiento de las escrituras ni -aparentemente- por llevar una vida cercana a la santidad.

Uno de ellos fue San Pedro; un hombre apasionado e impetuoso. Un apóstol que sería capaz de negarle hasta tres veces, pero que tras su muerte llevaría el Evangelio por el mundo llegando a dar la vida por Él.

Y en ese Pedro, tan vulnerable y tan humano, que se sabía tan pecador como cualquiera de nosotros, quiso Jesús que descansara su Iglesia.

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Evangelio Lucas 5, 1 – 11

La imagen es de Hans en pixabay

2 comentarios

  1. Una reflexión muy bonita y me encanta la manera de hilar el Evangelio y la Caridad.
    ¡Cuánto nos ama Dios que nos regala personas que nos lo enseñan a través de la palabra y las obras.!

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