La libertad, esa capacidad que tenemos para actuar por voluntad propia, es un valor importantísimo para nosotros. Y es también un derecho que nos permite decidir cosas tan importantes como qué religión profesar. Por eso, para conseguirla, a lo largo de la historia los hombres no hemos dudado en librar un sinfín de luchas y batallas.

Cuando Jesús se refiere a la libertad y qué es lo que nos lleva a conseguirla, habla de algo distinto. Nos lleva a otra dimensión.

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie.

¿Cómo dices tú: Os haréis libres?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres.

Juan 8, 31 – 36

Jesús nos propone hacer del amor nuestro estilo de vida. Siempre. En todos los ámbitos de nuestra vida: como hijos, como padres, como profesionales, como compañeros de trabajo, como amigos o como vecinos. Hagamos lo que hagamos, y tengamos las circunstancias que tengamos, siempre podremos vivir con un corazón extraordinario y estar al servicio de las cosas del Cielo y también de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y poco o nada importa si nos ganamos la vida despachando en una tienda, si nos la ganamos dando clase, si somos altos directivos, si cuidamos de los nuestros en casa o si estamos ya jubilados. Vivir desde el amor está al alcance de todos en cualquier circunstancia. Es una cuestión de actitud, de disposición del corazón, de valores, de compromiso.

Quienes viven así, son realmente discípulos de Jesús y conocen con profundidad la verdad: residiendo en el amor se reside en la verdad. Y en la medida en la que avanzamos en ese camino, en la medida en la que vamos viviendo más en el amor, vamos teniendo más esos genes de Dios que nos hacen sentirnos más unidos a Él, más hijos, menos esclavos y más libres. Mucho más libres.

Porque quien vive, de verdad, en el amor se deja guiar por el Espíritu y siente cómo le van llevando de la mando desde el Cielo cuando va pasando por la vida

Porque quien vive, de verdad, en el amor tiene una luz que le hace ver claro lo que está bien y lo que debe hacer, haga lo que haga el resto del mundo. Deja de importarle o de sentirse coaccionado por lo que otros puedan pensar o decir de él y deja también de sentirse condicionado por los valores y las reglas impuestas en el mundo.

Porque quien vive, de verdad, en el amor, se vuelve seguro de sí mismo y más seguro aún de Dios. Se vuelve valiente, siente que acierta y tira para adelante con lo que sabe que tiene que hacer.

Porque quien vive, de verdad, en el amor, siente la paz que deja el saberse hijo de ese Dios que es, sobre todo, Padre, y que nos quiere de una manera incondicional, tanto cuando acertamos como cuando nos equivocamos.

Porque quien vive, de verdad en el amor, vuelve a sentirse niño y vive confiado y sin angustia por lo que le pueda depararle el futuro.

La imagen es de angelicavaihel en pixabay

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