En el camino de nuestra vida se van alternando las luces y las sombras, los triunfos y los fracasos, las alabanzas y las críticas. De todas esas vivencias vamos aprendiendo y gracias a todas ellas se nos va conformando el carácter y va también evolucionando con el paso del tiempo. Atravesar las etapas de triunfos y alabanzas es un placer para todos. Superar los fracasos y las críticas ya no lo es tanto, porque no es fácil saber perder.

A ninguno no gusta fracasar. Ni en las cosas importantes ni tampoco en las pequeñas cosas, más propias del día a día. Y si encima esos fracasos son visibles, superarlos se nos hace aún más difícil, porque muchos de nosotros vivimos muy condicionados por el qué dirán y gustamos de contar con el respeto y la admiración de las personas que nos rodean en los distintos ámbitos en los que nos movemos.

Nuestra reacción ante las derrotas y los fracasos habla de nosotros y muestra muy bien la clase de persona que somos y qué es lo que llevamos en el corazón.

Algunos de nosotros no sabemos perder y, sistemáticamente, tras una derrota nos enfadamos por haber perdido, con nosotros mismos y con el mundo.

Además, en lugar de hacer autocrítica, tratamos de justificarnos echando la culpa a otros, o a las circunstancias o a la mala suerte. Cualquier cosa antes que reconocer que hemos hecho las cosas mal o que podríamos haberlas hecho mejor.

Si la derrota ha sido importante, incluso podemos plantearnos tirar la toalla.

Y en ocasiones, es tal el desasosiego que nos produce la resistencia al fracaso, que llegamos a perder los papeles y tratamos mal a cualquiera que se cruce e nuestro camino. Y, ya puestos a perder los papeles, algunos llegamos incluso a enfadarnos con Dios. Por no escucharnos, por no atendernos o por dejarnos solos.

Otros, por el contrario, eligen perder con deportividad, encajando la derrota como lo que es. Sin echar balones fuera.

Y -en caso de haber competido- dan la enhorabuena al otro por haber jugado mejor sus cartas. Y aprenden de aquello que hicieron mal, o que podían haber hecho mejor.

Los más avanzados llegan, incluso, a reírse de sí mismos; de sus torpezas, de lo mucho que aún les queda por avanzar. Y saben pedir ayuda a Dios cuando el bache ha sido tan importante que les cuesta volver a levantarse y ponerse en camino.

Jesús fracasó muchas veces con su predicación a lo largo de su vida pública, puesto que eran numerosas las personas que no eran capaces de asimilar o de aceptar una propuesta que sentían demasiado rompedora y demasiado exigente. Pero ahí supo mantenerse, constante, firme, sin bajar el listón, sin tratar de quedar bien con todos, sin tirar la toalla, día tras día, cerca del Padre, predicando la doctrina que había venido a traernos y haciéndola vida. Pese a que con su doctrina y su perseverancia, iba ganando detractores e incluso enemigos.

Su mayor fracaso, a los ojos del mundo, fue terminar sus días clavado en una cruz. Un final terrible, del que además era conocedor, puesto que le había sido revelado con antelación por Dios Padre. Él, que tan bueno había sido con todos, no se resistió a tan inmerecido final y supo aceptar la voluntad del Padre sin enfado, sin resentimiento, sabedor de que tras aquella injusticia llegarían grandes bienes para los que viniéramos detrás.

La imagen es de stevepb en pixabay

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