Muchos cristianos – y quienes aspiramos a serlo – tenemos clara la idea de que el cristianismo es amor. Y también tenemos clara la idea de que el amor ha de traducirse en servicio; en un vivir hacia los demás y para los demás.

Sin embargo, por alguna razón que a mí se me escapa, sentimos con menos intensidad la idea de la paternidad de Dios. No sentimos, de hecho, la necesidad de relacionarnos habitualmente con él y, mucho menos, la de anclar nuestra vida en Él.

Jesús, sin embargo, pese a pasar el día entero al servicio de los demás – enseñando su doctrina, sanando enfermos, expulsando demonios o perdonando pecados – siempre buscaba el espacio en el que estar con su Padre. Y si no lo encontraba durante el día no dudaba en robarle horas al sueño para hacerlo. Porque lo necesitaba.

Porque Jesús no iba, como muchos de nosotros, haciendo lo que a él se le iba ocurriendo. No. Jesús se dejaba guiar por Dios; era Dios quien dirigía cada uno de los pasos que iba dando en su vida. Estaba estrechísimamente unido a Dios y por eso, a pesar de que Jesús era hombre, era fiel reflejo del Padre celestial: los dos tenían una misma esencia, un mismo respirar y un mismo sentir.

En cierta ocasión, sintió Jesús que algo importante le aguardaba en la oración e hizo que a esa oración le acompañasen tres de sus discípulos:

Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». 

Evangelio Lucas 9, 28 – 35

Tal y como Jesús esperaba, le aguardaba en la oración de aquel día algo realmente singular: la presencia de Moisés y Elías, máximos representantes de la Ley y de los Profetas, acompañando al mismísimo Dios Padre. Y en ese espacio que compartieron adelantaron a Jesús nada menos que el final del que habría de morir y le prepararon el corazón.

Relacionarnos con el Padre es algo que también está a nuestro alcance. Pero muchos de nosotros no llegamos a tener verdadera intimidad con Él. Quizás porque vamos a la oración como el que escribe la carta a los Reyes Magos, quizás porque nos enfrentamos a la oración como si fuera una tarea más de esas que nos forzamos a hacer en el día o quizás porque no tenemos una vida orientada a los demás y no estamos en sintonía con ese Dios que es el Amor. No lo sé. Pero la cosa es que nos perdemos algo que tiene un valor incalculable.

Porque la oración es un espacio en el que podemos regalar al Padre nuestra confianza, nuestra pequeñez y nuestra compañía. Y es también un espacio en el que podemos recibir, de su mano, consuelos, cariños, caricias, respuestas, fortalecimientos, refuerzos, noticias, regalos, sugerencias, felicitaciones, correcciones, valentía, sabiduría o fuerza. Y Dios está ahí, esperando a que acudamos en su busca, deseando que acudamos a Él, para darnos en cada momento lo que vaya siendo mejor para nosotros.

¿Cómo es posible que lo dejemos pasar? ¿Cómo es posible que nos dejemos enredar con tantísimas distracciones y terminemos por no sacar tiempos en los que estar con Dios? ¿Cómo es posible que estemos tan ciegos? ¿Cómo es posible que renunciemos a tanto sin más?

Es cierto que Dios, para comunicarse con nosotros, puede valerse de espacios que no sean de oración y puede hablarnos también a través de otras personas. Pero facilitaríamos mucho la comunicación por nuestra parte buscando activamente esos ratos en los que estar expresamente con El. Sin hacer ninguna otra cosa. A veces, incluso, si así lo preferimos, sin palabras, simplemente estando, de la misma manera que podemos compartir espacios y silencios con las personas a las que queremos aquí en la tierra.

No perdamos la oportunidad de disfrutar de ese Dios que, sobre todo, es Padre.

La imagen es de Dimitri Conejo Sanz en cathopic

2 comentarios

  1. La razón más importante por la que la gente no acude a Dios Padre, es porque entre Él y los hombres habita la muerte. Otras razones de menor importancia son las imágenes que de Dios transmite la Biblia, que con frecuencia se alejan mucho de ser paternales.

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