La sociedad en la que vivimos nos invita a cuidarnos mucho y a que, en la medida de nuestras posibilidades, estemos guapos y tengamos un cuerpo de revista. Para conseguirlo nos aconsejan hacer deporte, cuidar la alimentación, comprar ropa a la moda y consumir un sinfín de servicios y productos de belleza que casi milagrosamente nos irán facilitando asemejar nuestro aspecto físico al de los modelos con los que nos los presentan.
Y así vivimos muchos de nosotros, bastante esclavos de nuestro aspecto exterior. Buena prueba de ello la tenemos en nuestros queridos adolescentes -y los que ya no lo son tanto pero se comportan como si lo fuesen- quienes son capaces de hacerse cientos de fotos hasta escoger esa que compartir en la red social de turno, con el objetivo de transmitir la imagen que quieren proyectar, se corresponda o no con la realidad que viven.
Aunque, proyecten la imagen que proyecten, lo cierto es que nuestros adolescentes siguen sintiendo hoy lo mismo que han sentido desde que el mundo es mundo: inseguridades y vértigo ante el futuro. Sentimientos que, por otro lado, seguimos teniendo muchos de los que ya estamos bien entrados en la vida adulta.
El cuerpo hay que cuidarlo. Por supuesto que sí. Pero es más importante aún que nos cuidemos por dentro. Aunque no sea tendencia ni esté en absoluto de moda, lo que de verdad debemos cuidar es el corazón y la clase de persona que somos:
Intentando ser mejores cada día, tratando de alejar lo más posible esa mediocridad que está tan extendida y haciendo todo lo posible para acercarnos cada vez más a vivir una vida desde el compromiso con los demás, desde el compromiso con el mundo y desde el compromiso también con Dios y su Evangelio.
Aceptándonos a nosotros mismos con las limitaciones que tenemos. ¿Por qué no llegar, incluso, a reírnos de ellas?
Aceptando a los demás -y muy especialmente aquellos que viajan con nosotros en el camino de la vida- con las limitaciones que también tienen. ¿Por qué vamos a andar siempre intentando cambiarlos para que se acerquen a eso que a nosotros nos gustaría que fueran?
Dando su justo valor a todo lo bueno que hemos tenido y tenemos en la vida. Los talentos que nos regalaron desde el Cielo cuando nacimos, la familia, los amigos, la salud, el trabajo, el sentido del humor, los logros que hayamos podido ir consiguiendo o esas pequeñas grandes cosas bonitas que nos pasan cada día. ¿Cómo no vivir desde un profundo agradecimiento por tanto?
Sabiendo encontrar nuestro lugar en el mundo. Y poniéndonos en camino, sin pausa pero sin prisa, hacia esa meta a la que queremos llegar. Dando los pasos que sentimos que son correctos, sin preocuparnos ni mucho ni poco ni por las modas de turno ni por lo que los demás puedan pensar de nosotros.
Sin soltarnos de la mano de ese Dios que es, sobre todo, Padre, a quien podemos convertir -si queremos- en un pilar en nuestra vida cotidiana. ¿Qué podemos temer sintiéndolo siempre a nuestro lado en el camino de la vida?
Es el cuidado de lo que somos por dentro el que nos dará estabilidad, serenidad, seguridad y esa sensación de paz interior que tan difícil parece conseguir en este mundo que parece que cada día que pasa está más desordenado y gira más deprisa.
La imagen es de Rachel Claire en Pexels
“Mens sana in corpore sano” es una frase que repetía mucho san Juan Bosco, fundador de los Salesianos