A lo largo de nuestra vida tomamos decisiones continuamente. La mayor parte de ellas son sencillas y están relacionadas con esas pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana. Pero en ocasiones nos toca tomar decisiones complicadas. Decisiones que tienen consecuencias importantes. Decisiones que, de alguna manera, retratan también cuáles son nuestros valores y qué es lo que llevamos en el corazón.
Mediar en conflictos entre personas, manejar problemas de familia, decidir sobre nuestra profesión, escoger pareja, tomar postura en asuntos que afectarán seriamente al futuro de otros, resolver conflictos laborales o posicionarnos con claridad sobre temas espinosos, son situaciones en las que antes o después, todos nos terminamos encontrando.
Cuando se nos presentan, podemos tratar de mirar para otro lado, retrasando enfrentarlas cara a cara. Como esperando a que se resuelvan solas, lo que posiblemente no ocurrirá, puesto que, como todos hemos experimentado en primera persona, las decisiones que no se enfrentan a tiempo, habitualmente se ponen más y más complicadas.
También podemos jugar a intentar quedar bien con todos. Cosa que suele ser imposible. Además, por supuesto, de innecesaria.
Lo más sensato, en mi opinión, frente a una decisión difícil es no precipitarse y, desde la prudencia, tratar de valorar las consecuencias que pueden tener las distintas alternativas entre las que podemos elegir. Y medir nuestras fuerzas. Sin franquear jamás esa línea tan delgada que separa la prudencia de la cobardía.
Es bueno, especialmente frente a situaciones difíciles, preguntar también a Dios. Y ponernos en sus manos. Para que nos ayude a identificar la solución más justa.
Finalmente toca ser valientes y decidir. Sin atajos. Sin buscar lo más rápido ni lo más fácil. Sin dejarnos llevar por las corrientes de turno. Sin excusas. Sin tratar de contentar a todos, ni contentar tampoco a quienes más ascendencia tienen sobre nosotros. Estando muy seguros de no buscar ni nuestra propia comodidad ni salir bien parados, sino solamente lo que es justo y lo que resulta más conviene.
Nuestras decisiones nos retratan. Y, de alguna manera, muestran nuestros valores y lo que llevamos en el corazón. Como también nos retrata la forma en la que las ejecutamos: qué decimos, cómo lo decimos o qué pasos damos para tratar de minimizar las consecuencias negativas que puedan tener para otros.
También es importante que sepamos asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Porque podemos equivocarnos, cómo no. Tocará llegado el caso, pedir perdón y tratar de remendar, en la medida de lo posible, los rotos que hayamos podido hacer. Sin echar balones fuera.
Jesús en el Evangelio protagonizó numerosos conflictos. La opción que escogió siempre fue la misma: siempre escogió el bien el hombre antes del cumplimiento de la Ley. Nunca dejó que le manipularan los poderosos de entonces y veló, muy preferentemente, por los intereses de los más vulnerables. Supo ir contracorriente, y conducirse desde esa libertad de que sólo da el amor. Por todo ello resultó molesto y decidieron matarlo. Y él decidió defender su doctrina hasta el final, llegando incluso a dar a la vida por ella.
Sus decisiones siempre fueron coherentes: supo decir con sus palabras lo mismo que hacía con sus actos y con su vida. Y nunca le movió ni el dinero, ni el poder, ni su bienestar ni labrarse un futuro prometedor.
Esa misma disposición es la que desde el Cielo nos piden hoy a nosotros.
Ciertamente, la acción y el discurso van siempre de la mano y tenemos que responsabilizarnos de sus consecuencias aunque sean imprevisibles. A través de la acción y el discurso es como nos manifestamos a los demás.