«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»

Evangelio Mateo 5, 13 – 16

Dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

La imagen es de congerdesign en pixabay

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Vosotros sois la sal de la tierra

La sal es un ingrediente que todos conocemos y todos utilizamos para cocinar. Es baratísima y tan pequeña que parece insignificante pero lo cierto es que es fundamental en la cocina: un guiso, por buena que sea la materia prima con la que esté hecho y por buena que sea la receta que estemos siguiendo, si no tiene sal, parece que no sabe a nada. Ese mismo guiso, con tan solo un pellizco de sal, se transforma por completo, adquiriendo con él la comida como por arte de magia todo su sabor.

Si la sal se vuelve sosa

Si la sal se vuelve sosa

Nos invita a que no nos relajemos y nos convirtamos en cristianos tan solo «de boquilla»: personas que nos decimos cristianas y que incluso vamos a misa los domingos pero que nuestro día a día lo vivimos alejados de Dios y de los demás. Porque es ese día a día lo que es verdaderamente importante y es esa vida cotidiana, con todas sus rutinas y todas sus limitaciones, la que hay que vivir desde el amor y desde el servicio. Sin más. Y sin menos.

Si no estamos atentos es relativamente fácil que nos quedemos sosos. Porque todo en el mundo que nos rodea nos invita a ello.

Vosotros sois la luz del mundo

Jesús nos pide a quienes conocemos la verdad y tratamos de hacerla – con más o menos éxito – nuestro estilo de vida, que no nos la quedemos para nosotros; que la transmitamos, que la extendamos, que demos esa luz a otros, de la misma manera que anteriormente otras personas nos dieron luz a nosotros. No nos está invitando Jesús con ello a una vida consagrada – lo que por supuesto se dará en algunos casos – sino a que compartamos esa verdad en los entornos en los que ya estamos, con las personas con las que nos vamos relacionando a lo largo de nuestra vida.

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