A todos nos gusta compartir con quienes nos rodean -y muy especialmente con quienes más queremos- nuestras alegrías, nuestros logros y nuestros éxitos. Nos gusta celebrarlos y sentir que aquellos a quienes se los compartimos también se alegran y los disfrutan con nosotros. Porque, de la misma manera que las penas y las preocupaciones cuando se comparten parece que se hacen más pequeñas, las alegrías cuando se comparten se vuelven más intensas y, sobre todo, más completas.
Otras veces son los otros quienes comparten sus alegrías, sus logros y sus éxitos con nosotros. Y habitualmente nos alegramos con ellos, los disfrutamos con ellos y los celebramos con ellos. Pero la verdad es que no siempre es así.
En una de las ocasiones en las que Jesús explicaba su doctrina, la resumió de la siguiente manera:
«Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas«
Evangelio Mateo 7, 12
Una regla sencilla. Sencillísima. Tan sencilla, que para comprenderla no hace falta ser doctor en teología, no hace falta siquiera tener estudios, no hace falta ser listo y ni siquiera hace falta ser adulto. Es apta para todos.
Resulta, además, utilísima en todos los órdenes de la vida y en todos los entornos en los que nos movemos. Por eso, en mi opinión, es tan valiosa y tan potente. Porque va a lo esencial y con eso basta. No hacen falta más complicaciones.
Sin embargo, aunque entenderla está al alcance de cualquiera, lo cierto es que hacerla vida no es sencillo. Más bien supone un gran reto para la mayoría de nosotros, porque esta regla de oro nos invita a que sintamos como propias las penas y las alegrías de los demás y a que obremos en consecuencia.
Sufrir con el que sufre nos sale a todos de manera espontánea. ¿A quién no se le va el corazón ante el dolor del otro? Y mientras más queremos a la persona que sufre más se nos va el corazón y con más intensidad querríamos ayudarla a cambiar su situación y su sentir.
Alegrarnos con aquel al que las cosas le van bien, ya es algo que nos sale de manera mucho menos espontánea. Porque muchas veces vamos un poco acelerados, nos encontramos agobiados o andamos preocupados y no tenemos la disposición del corazón que lo hace posible.
Alegrarnos con aquel al que no solo le va bien, sino que además le va mejor que a nosotros es harina de otro costal. Nos cuesta. Nos cuesta, de hecho, tanto, que en ocasiones hasta nos da rabia, nos genera celos o incluso envidia. No nos gusta sentirnos así, porque son sentimientos que reconocemos como insanos y ninguno queremos convivir con ellos, pero lo cierto es que nos resultan difíciles de controlar. Y en ocasiones, con tal de no reconocerlos como lo que realmente son, nos perdemos en un laberinto de excusas para tratar de justificarnos a nosotros mismos que no es el éxito del otro lo que nos molesta.
Sin embargo, si lo pensamos bien, caeremos en la cuenta de que esto nos pasa solo a veces. Porque cuando ese al que le van las cosas mejor que a nosotros es alguien a quien queremos mucho, no sentimos ni una pizca de envidia y nos alegramos, de verdad, de todo corazón. ¿Quién no se siente orgulloso de sus padres cuando los ve triunfar o de sus hijos cuando lo superan?
Cuando no somos capaces de alegrarnos con aquel que triunfa lo que se hace evidente es que no lo queremos lo suficiente. Lo que hay detrás de nuestro sentir hacia él es falta de amor. Sin más. Y sin menos.
¿Cuándo conseguiremos sacar de nuestro corazón esa tendencia tan arraigada en nosotros que nos hace desear querer ocupar los primeros puestos?
¿Cuándo entenderemos que no tiene sentido que nos andemos comparando unos con otros porque el plan de Dios para cada uno de nosotros es distinto y por eso son también diferentes los talentos con los que cada uno hemos nacido?
Es muy necesario que aprendamos a querer a las personas, que aprendamos a aceptarlas como son, que aprendamos a vivir desde la generosidad y que aprendamos también a vivir desde un profundo agradecimiento por tanto.
La imagen es de Olichel en pixabay
Interesantes comentarios sobre la generosidad para esta sociedad cuyas universidades y escuelas de negocios venden competitividad, y para cuyos campeonatos deportivos los segundos puestos no valen nada.