«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra»
Evangelio Juan 8, 1 – 11
Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
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Querer al otro tal y como es

A quienes no estamos demasiado avanzados en el camino del amor, más allá de nuestras familias y nuestros amigos más íntimos, nos resulta fácil querer a quienes se portan bien con nosotros, o a aquellas personas hacia las que sentimos afinidad. Fuera de esos límites nos cuesta ser generosos. E incluso dentro de esos límites también nos cuesta serlo, siendo un defecto tremendamente común entre nosotros el querer cambiar a los demás, para que se vayan amoldando o adaptando a lo que a nosotros nos gustaría que fueran. Nos cuesta aceptarlos como son y quererlos sin más.
El valor de la cercanía

A la mayoría de las personas nos gustan enormemente los primeros puestos; nos gusta figurar y sobre todo, nos encanta ser reconocidos por los demás como referentes, sea en el ámbito que sea: como profesionales, entre nuestros compañeros de clase o entre nuestros amigos. Lo mismo da. Vivimos y actuamos mucho de cara a la galería – a lo que ahora llamamos «postureo» – y disfrutamos mostrándonos como triunfadores. Los reconocimientos se nos suben a la cabeza con facilidad y, cuando esto ocurre, suele invadirnos una sensación como de superioridad que nos cambia la mirada que tenemos hacia los demás. Y es precisamente ahí donde está su peligro.
Jugar en otra liga

En el mundo en el que vivimos, aunque parezca algo del pasado, lo cierto es que el «ojo por ojo» sigue vigente. Vaya que sí. Y es tremendamente común entre nosotros que si alguna persona en un momento dado no nos trata como debiera haberlo hecho, «se la guardemos», para tratarla de la misma manera en cuanto se nos presente la ocasión.
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