Evangelio apc niño mayor y pequeño

El mundo en el que vivimos es terriblemente competitivo. Desde bien pequeñitos nos medimos con nuestros hermanos, con nuestros amigos o con nuestros compañeros de colegio y comparamos cosas tan tontas como quién es más alto, quién corre más o quién saca mejores notas. La cosa habitualmente va a más por lo que, cuando llegamos a la edad adulta, la competitividad forma parte de nuestra forma de ser y la llevamos a todos los terrenos.

Que queramos superarnos a nosotros mismos y ser cada vez mejores, en mi opinión, es algo bueno. Buenísimo. El problema llega cuando por destacar o ser brillantes en algún aspecto, nos sentimos más que aquellos que no brillan tanto como nosotros e incluso les despreciamos.

Es el caso que aparece en este pasaje del Evangelio:

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba en el pecho, diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». (Evangelio Lucas 18, 9 – 14).

El fariseo que aparece en este pasaje, que tan orgulloso estaba de sí mismo por respetar los ritos y normas que su religión le imponía, no podía equivocarse más, porque descuidaba lo único que es realmente importante a los ojos de Dios: el cuidado de sus hijos. ¿Qué le importará a Dios el diezmo o el ayuno viniendo de quien desprecia a lo que Él más quiere?. Sus palabras «te doy gracias porque no soy como los demás hombres«, lo que demuestran es eso: desprecio y una falta terrible de amor hacia los demás, hacia sus prójimos.

Se comportaba como un miserable y un engreído y salió del templo igual que entró.

El publicano, sin embargo, se sabía pecador. Entró al templo arrepentido, a pedir perdón a Dios. Y salió del templo perdonado – ¡perdonadísimo! – porque si algo caracteriza a Dios es que, sobre todo, es Padre: un Padre siempre dispuesto a perdonarnos cuando nos arrepentimos de corazón; cuando tras una etapa de errores o de alejamiento volvemos de nuevo la mirada hacia Él,  nos recibe como al hijo pródigo: nos cubre de besos y nos vuelve a acoger, encantado, en su casa; en nuestra casa. Porque Dios no nos da por nuestros méritos, ni porque nos lo merezcamos, sino por el inmenso amor que nos tiene.

Al leer el principio de este pasaje puede parecer que no está bien el saberse bueno, o justo cuando uno lo es. Pero en mi opinión no es así en absoluto. Creo que es importante que quienes nos decimos cristianos tengamos criterio para distinguir lo que está bien de lo que está mal, para distinguir a quién habitualmente es justo de quien habitualmente no lo es y para distinguir a quien es bueno de quien no lo es.

Saberse uno bueno, o justo, cuando sea el caso, no es un problema. Porque quien de verdad lo es, ni se pavonea ni desprecia al que no lo es: no mira al otro por encima del hombro sino que lo hace de igual a igual y tiene, como Jesús, entrañas de misericordia; reconoce el mal comportamiento del otro cuando lo ve, pero lo que quiere no es ni reprochárselo ni airearlo por ahí, sino ayudarle a que sea cada vez mejor. E incluso se alegra cuando ese otro, finalmente, le supera.

La imagen es de Pixabay

1 comentario

  1. La verdad es q cuando de nosotros sale bondad es porque de Dios viene. Así de sencillo. Somos simples pinceles en las manos del Padre. Teniendo esto bien claro y presente, será difícil caer en la soberbia. TODO ES GRACIA.

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