Jugar en otra liga

En el mundo en el que vivimos, aunque parezca algo del pasado, lo cierto es que el «ojo por ojo» sigue vigente. Vaya que sí. Y es tremendamente común entre nosotros que si alguna persona en un momento dado no nos trata como debiera haberlo hecho, «se la guardemos», para tratarla de la misma manera en cuanto se nos presente la ocasión.

Y si la ofensa ha sido especialmente gorda, o si ese trato no es la primera vez que se da, ya no nos conformamos con pagarle con la misma moneda: si podemos le devolvemos un trato aún peor. Lo que, por supuesto, se traducirá en que en el futuro esa persona hará lo mismo con nosotros. Y entraremos fácilmente en una peligrosa espiral que irá sacando lo peor de nuestro corazón.

Penoso. Pero socialmente aceptado: «el que la hace, la paga».

Jesús nos invita a que juguemos en otra liga. Una liga bien distinta de la que se juega en el mundo. Con unas reglas propias, las del Cielo, que nada tienen que ver con esas reglas no escritas y esos valores que regulan las relaciones entre las personas en el mundo.

Cuando el mundo nos invita al ojo por ojo Jesús nos invita al perdón:

Nos invita a un perdón incondicional. Tan incondicional como el de ese padre a su hijo pródigo, que volvió a casa cuando empezó a pasar necesidad después de haber malgastado su herencia.

¿Qué fue lo que hizo cuando, desde la distancia, lo vio acercarse? Lejos de reprocharle su mal comportamiento, corrió hacia él, se tiró a su cuello, lo cubrió de besos y organizó una fiesta para celebrar su vuelta.

Le perdonó mucho, porque lo amaba mucho.

Mientras el mundo nos invita a la justicia Jesús nos invita a perdonar más allá de la justicia:

Uno de los pasajes, en mi opinión, más bonitos de todo el Evangelio es el pasaje de la adúltera:

Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban eso para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús, dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más»  (Evangelio Juan 8, 2 – 11).

En este pasaje se hace evidente que la mujer adúltera realmente lo era. Ella no lo niega en ningún momento. Había incumplido la legislación vigente y debía cumplir su castigo, que era nada menos que morir apedreada. ¿Hubiera sido justo apedrearla? Si, según su ley. Pero Jesús la perdona y, eso sí, la invita a no pecar más.

Las leyes en el mundo son necesarias, cómo no. Pero la ley del amor juega en otra liga, muy superior, y tiene sus propias reglas.

Jesús nos invita a perdonar incluso a nuestros enemigos y a devolverles bien por mal:

Como hizo él al final de su vida, cuando estaba ya clavado en la cruz.

Después de una vida dedicada a enseñar su doctrina y a cuidar de todos aquellos que fueron pasando a su lado, terminó sus días clavado en una cruz, sin merecerlo, como un ladrón.

Y allí clavado, y a pesar de su inmenso dolor – dolor físico, dolor por el sentimiento de fracaso, dolor por el sentimiento de abandono, dolor por ver el sufrimiento de su madre- pide Jesús al Padre que perdone a los que le han llevado hasta allí y a aquellos que en ese momento se están burlando de él «porque no saben lo que hacen»

Eso es querer hasta el extremo. Y es a lo que también nosotros estamos llamados.

La imagen es de AnnRos en pixabay

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