
Todos nosotros, incluso las personas que están más avanzadas en el camino de amor, nos equivocamos, nos dejamos envolver por los espejismos del mundo y caemos en tentación. Y cometemos también un sinfín de pecados de omisión -muchas veces sin ser demasiado conscientes de ello- por no estar atentos a lo que pueden ir necesitando las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Pecar nos ayuda, por otro lado, a tomar conciencia de lo vulnerables que somos. Y nos fuerza a aprender a levantarnos tras las caídas, a reconocer nuestras faltas y a pedir perdón al otro cuando le fallamos.
En justicia ninguno seríamos merecedores del amor de Dios. Pero tenemos el inmenso privilegio de que Dios no nos quiere porque nosotros nos lo merezcamos. No. Afortunadamente no es generoso con nosotros por nuestros méritos. Nos quiere porque es Padre y nos tiene un amor infinito. El grande es Él. Siempre Él. E igualmente Jesús.
Y ambos nos muestran un amor incondicional. A pesar de todas las miserias que llevamos en el corazón -envidia, orgullo, soberbia o egoísmo- a pesar de todos los pecados que podamos cometer, ellos siempre están ahí y siempre lo estarán. Dispuestos a perdonarnos hasta el final de nuestros días. Porque nos quieren hasta el extremo.
Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43 Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Evangelio Lucas 23, 33 – 43
Este pasaje del Evangelio muestra lo que sin duda fue el momento más duro de la vida de Jesús. Él, que había pasado por la vida haciendo el bien a todos lo que habían ido pasando a su lado y que no había hecho más que predicar el amor a Dios y el amor a los hombres, se encuentra al final de sus días clavado en una cruz, sufriendo las burlas de quienes le habían llevado hasta allí y abandonado por buena parte de los suyos.
Al pie de la cruz, eso sí, tenía a sus incondicionales: su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, María, la Magdalena y San Juan.
A pesar de su inmenso dolor – dolor físico, dolor por el sentimiento de fracaso, dolor por el sentimiento de abandono, dolor por ver el sufrimiento de su madre- pide Jesús al Padre que perdone a los que le han llevado hasta allí y que en ese momento se están burlando de él «porque no saben lo que hacen». Y perdona sus pecados al hombre que tiene clavado a su derecha, quien reconoce que su castigo es justo porque ha sido un ladrón y un pecador. Y le regala nada menos que la promesa de que estaría aquella misma noche en el Paraíso.
No se puede ser más generoso. No se puede perdonar más. Sólo quien ama mucho es capaz de perdonar mucho y solo quien ama hasta el extremo es capaz de perdonar a quienes lo están matando injustamente.
Hasta el extremo demostró amarnos también ese Padre que permitió que su Hijo predilecto naciese tan vulnerable como cualquier hombre y se sacrificase de semejante forma por todos nosotros.
¿Cuándo entenderemos lo grande que es el amor que nos tienen Jesús y el Padre? ¿Cuándo tomaremos, de verdad, conciencia de lo privilegiados que somos? ¿Cuándo empezaremos a vivir de una manera valiente, sabedores de que desde el Cielo nos cubren siempre, siempre, siempre las espaldas?
Nos queda también el reto de continuar avanzando en el camino del amor. Aspirando a llegar a mirar a quienes nos rodean, algún día no lejano, con la mirada limpia y desinteresada con la que siempre miró Jesús. Llegando a desear, de corazón, lo mejor para ellos incluso en aquellos casos en los que ellos no deseen eso mismo para nosotros. Como siempre hizo Jesús.
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Muy bien , muy bien Marta