Estamos de nuevo en Cuaresma. Un tiempo en el que se nos invita especialmente a la oración. Un tiempo en el que somos llamados a la reflexión. Un tiempo en el que se nos invita a que saquemos de nuestra vida todo aquello que no debería formar parte de ella. Un tiempo en el que somos llamados a volvernos a Dios y a volver a lo esencial.

Conviértete y cree en el Evangelio

«Conviértete y cree en el Evangelio» es una frase aparentemente sencilla, que en realidad encierra una enorme profundidad:

Porque esa llamada a la conversión nos lleva, necesariamente, a mirarnos al espejo y a hacer balance de nuestra vida y de lo que somos para tratar de identificar cuáles son nuestras áreas de mejora y aquellos hábitos que no deberían convivir con nosotros.

Esa llamada a la conversión nos lleva, necesariamente, a pedir pedir perdón a Dios si en algo le estamos fallando. Es tiempo de volver a Casa. Sabemos a ciencia cierta que Dios Padre nos estará esperando con los brazos abiertos y nos cubrirá de besos, como aquel padre a su hijo pródigo. Y sabemos también que estará encantado de poner nuestro contador a cero y de darnos la oportunidad de volver a empezar.

La invitación a creer en el Evangelio no es solo una invitación a la Fe. No. Es, sobre todo, una invitación a que seamos coherentes con esa Fe que decimos profesar. Porque si de verdad creemos en el Evangelio debemos adoptarlo como estilo de vida. No un estilo de vida con el que ir los domingos a misa y cumplir, sino un estilo de vida con el que vivir 24 horas al día, 7 días a la semana. Desde la generosidad, mirando siempre al bien común y anteponiendo las necesidades y los intereses de los demás a nuestras propias necesidades e intereses. Eso es «negarse a uno mismo».

El tiempo de Cuaresma es tiempo de ayuno

Y el ayuno que más le gusta a Dios ya sabemos cuál es:

Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos.

Isaías 58, 6 – 7

También podemos ayunar de aquellos sentimientos y aquellas costumbres que tenemos en nuestra vida y en nuestro corazón que sabemos que están de más: ¿por qué no ayunar del consumo innecesario, del apego al dinero y a los bienes materiales, de ese vivir para aparentar y de tantas otras cosas que, sin ser malas, nos apartan de lo que de verdad importa?, ¿por qué no ayunar también de egoísmo, de soberbia, de vanidad o de envidia?, ¿por qué no aprovechar esta Cuaresma para sacar de nuestra vida todo aquello que nos desvía de lo esencial y nos ensucia la mirada? Es este un magnífico momento para parar y tratar de cambiar de vida para siempre.

Si de verdad nos proponemos cambiar saldremos vencedores y mucho más libres. Sabemos que desde el Cielo nos echarán una mano para que así pueda ser. Como terminó Jesús vencedor de las tentaciones que sufrió tras esos 40 días en el desierto, de los que salió fortalecido y preparado para comenzar una nueva etapa de su vida.

La imagen es de Cathopic

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