Parece que ya es inminente aprobación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia: una ley que facilitará que podamos quitarnos la vida de manera voluntaria, asistidos desde nuestro sistema sanitario. La Conferencia Episcopal Española se ha posicionado muy claramente en contra de esta ley desde su nota nota «la vida es un don, la eutanasia un fracaso» con la que no puedo estar más de acuerdo.

Desde la mirada de quienes nos sentimos cristianos la vida es un don que nos es regalado desde el Cielo. La vida no la pedimos ni la conseguimos gracias a nuestros méritos. Se nos regaló sin más. Y sin menos.

Dios tiene un plan para todos nosotros. Y para que podamos hacer realidad ese plan nos dotó a cada uno de los talentos que necesitaremos. Por eso unos somos sensibles, otros somos listos, otros sabemos escuchar, otros tenemos don de gentes y otros somos líderes. Cada uno tenemos lo que necesitamos. Ni un talento más. Ni un talento menos.

Algunas personas están llamadas a tener un papel relevante. Como San Juan Bautista, cuya vida estamos recordando en las lecturas del Evangelio de estos días. Su misión fue allanar el camino a Jesús. Supo entender el plan que Dios tenía para él y no dudó en dejar su casa para salir al desierto a predicar.

La mayoría de nosotros estamos llamados a cumplir un plan mucho más de andar por casa y mucho menos lucido. Pero igualmente relevante a los ojos de ese Dios que, sobre todo, es Padre.

¡Cuándo entenderemos que cada uno de nosotros somos únicos para Dios! ¿cuándo de verdad entenderemos la profundidad de ese «a Mí me lo hicísteis» que dijo Jesús?

Son muchas las manos que Dios necesita por aquí para cuidar de sus hijos. Y esas manos de las que habitualmente se vale son las nuestras. Aunque sea desde esas pequeñas grandes cosas que componen nuestra vida ordinaria.

Mientras desde el Cielo nos quieran tener aquí, aquí debemos de seguir, porque si aún nos tienen es por algo. Aunque sintamos el peso de los años. Aunque acusemos soledades. Aunque estemos cansados. Aunque la enfermedad se haya hecho nuestra compañera. Aunque no entendamos ni el porqué ni el para qué de las circunstancias que a veces rodean nuestras vidas. ¿Por qué no regalarle a Dios nuestra Fe? ¿Por qué no seguir confiando en Él, aún contra toda Esperanza?

La vida del cristiano ha de ser vivida desde el compromiso. Incluso cuando todo va mal y parece que ya no tenemos salida. Debemos ser valientes hasta el final y no tirar nunca la toalla. Y mantenernos firmes mientras Dios quiera mantenernos aquí.

Adelantar nuestro final es tirar la toalla. Y ayudar a otros a que adelanten su final no debe tampoco ser una opción. La opción ha de ser siempre la del cariño, la del consuelo, la del servicio, la de la cercanía, la del acompañamiento y la del cuidado. También cuando las cosas se ponen feas. O, mejor dicho, especialmente cuando las cosas se ponen feas.

Creo que es bueno hacer el ejercicio de dar unos pasos hacia atrás para tratar de mirar nuestra vida desde fuera. Con perspectiva. Con una perspectiva que nos permita ver que la vida en la tierra es una parte pequeña -muy pequeña- de nuestra vida: una vida que está formada por los días que pasamos aquí en la tierra y y los días que pasaremos después de nuestro paso por ella.

Bajo esa perspectiva las cosas cambian mucho. Porque comprendemos que los días que pasaremos en la vida eterna serán mucho más numerosos de los que pasaremos en esta. Pero estarán condicionados de manera directa por lo que aquí hagamos: no debemos malgastarlos y, desde luego, no debemos truncarlos ni facilitar que otros lo hagan.

La eutanasia es un fracaso para la sociedad. Ante la propuesta de apostar por un atajo inadmisible cuando ya nos sintamos una carga para los nuestros o cuando el dolor o la desesperanza se instalen en nuestra vida, nuestra respuesta ha de ser la de apostar por el cuidado del que sufre y por mostrarle un amor incondicional.

La imagen es de dinax en cathopic

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