La semana pasada hemos tenido mucho revuelo en los medios de comunicación en torno a unas palabras del papa Francisco desde las que ha demostrado una clara disposición a la acogida de las personas homosexuales. Una disposición a la acogida que ha removido esta querida Iglesia nuestra.
La Iglesia la conformamos todas las personas que de verdad nos hemos propuesto vivir con el estilo de vida que Jesús nos propuso. Sin fuegos artificiales. Desde nuestro día a día de familia, de trabajo, de amigos, de vecinos y de labores domésticas. Con nuestros avances y también con nuestros muchos desaciertos, fracasos y retrocesos.
Somos una comunidad diversa, conformada por personas de muy distintas sensibilidades y muy distintas visiones, a las que nos une el haber tomado la determinación de querer vivir la vida desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres.
Sentirnos Iglesia nos da identidad, nos hace sabernos parte de un colectivo que es mucho más grande que nosotros, que nos trasciende, que ya se instauró desde el Cielo muchos años antes de que nosotros naciéramos y que aquí seguirá cuando nosotros dejemos este querido mundo nuestro.
Sentirnos Iglesia nos hace sentirnos corresponsables de lo que en ella ocurra. Porque lo que en ella ocurre es la suma de lo que hacemos todos y cada uno de nosotros. Y aunque podamos sentirnos pequeños -casi insignificantes- dentro de esta Iglesia nuestra, tan grande, tan internacional, en la que tanto destacan quienes la lideran desde la jerarquía, lo que nosotros hacemos en ella también importa. Importa mucho. Porque para Dios no hay actuación pequeña. Y a todos nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho con los talentos que nos regaló para que nos manejásemos en este mundo. Tanto si son cinco, como si son tres, como si es tan solo uno.
Son muchos los errores que desde la Iglesia se han cometido a lo largo de los años. Claro que sí. ¡Cómo no, si está conformada por hombres y mujeres de carne y hueso con sus virtudes y sus defectos! Pero también son muchas las cosas buenas que se han hecho y que se siguen haciendo a día de hoy.
La Iglesia debe ser fiel reflejo del espíritu de Jesús y debe estar abierta a todos los hombres. ¿No atendió nuestro Maestro a todas las personas que fueron pasando a su lado en el camino de la vida sin importarle ni mucho ni poco su poder adquisitivo o si estaban socialmente aceptados o no? ¿Acaso no acogió de manera preferente a quienes en uno u otro sentido podían sentirse rechazados?
Rechazo por nuestra parte es lo que necesariamente han tenido que sentir las personas homosexuales durante muchos, muchos años. Y las personas divorciadas. Y todas aquellas personas que, de una u otra manera, hemos considerado que vivían en una «situación irregular».
El papa Francisco nos ha invitado, una vez más, a no descartar a nadie y a que miremos a todos como los hijos de Dios que son. Y nos ha vuelto a enseñar que la Iglesia ha de estar mucho más presta a la acogida que al rechazo.
La iglesia ha de ser lugar de encuentro de todas las personas que nos tomamos en serio a Jesús y al Evangelio. Todo lo demás es secundario.
El lema podría ser el siguiente: Que nadie se sienta diferente