Muchos de nosotros convivimos habitualmente con la sensación de llevar una vida bastante sobrecargada de responsabilidades y tareas, personales y profesionales, en la que casi no nos queda tiempo disponible para nada.
Cuando, además, se nos presentan problemas que nos descontrolan la agenda y nos derrumban el ánimo, nuestra sensación de agobio se dispara.
Y nos remangamos y tratamos de enfrentarlos como si la solución de todo dependiera exclusivamente de nuestras fuerzas, de nuestras capacidades y de nuestra dedicación.
Y corremos el riesgo de entrar en un bucle en el que nuestros problemas pasan a ser el centro de nuestro pensamiento. Y a veces, a fuerza de centrarnos en ellos, los problemas parece que se nos hacen incluso más grandes. Y otras veces, a fuerza de obsesionarnos con ellos, dejamos que nos desborden y los vayamos viendo cada vez más difíciles de superar.
¿Por qué no acudir, también en esos momentos de crisis, al Evangelio? Las doctrina que nos dejó Jesús no fue algo de interés para las personas que le escucharon hace 21 siglos. No. Sus enseñanzas quedaron escritas para que las leyésemos, las conociésemos y las hiciéramos vida también nosotros hoy. Desde nuestro día a día. Con todas sus cosas bonitas y también con todas sus miserias y con todos sus agobios.
Quienes así viven andan siempre pendientes de las personas que van pasando a su lado en el camino de la vida: atentos a lo que puedan necesitar y echando una mano cuando hace falta. También tienen problemas y agobios propios, ¡cómo no! ¿Quién no atraviesa etapas de desierto, etapas de sobrecarga de trabajo, etapas de no entender, etapas de no creer, etapas de enfermedad, etapas de desencanto, etapas de cansancio o etapas en las que parece que todo sale mal? Todos pasamos momentos malos. Pero quien los vive desde la Fe y desde el amor los atraviesa con mucha menos dificultad:
Puesto que, más pendiente de los problemas del otro que de los suyos propios, los suyos no se le hacen más grandes a fuerza de darles vueltas. Más bien se le hacen más pequeños. Porque habitualmente vemos fuera problemas mucho más importantes que los que tenemos nosotros. Y también porque, después de estar ocupados con los otros volvemos, cansados, de nuevo a nuestra realidad y a nuestro pequeño gran mundo, y ya no vemos nuestros problemas con la misma mirada. Y no son pocas las veces que incluso nos avergonzamos de haber sentido como problemas realidades que, realmente, tienen poca importancia.
Puesto que pondrá su confianza en Dios. Para la solución de sus problemas y para la solución de los problemas de los demás. Ese Dios que nunca defrauda. Ese Dios que, sobre todo, es Padre. Ese Dios que siempre pone lo que a nosotros nos falta y llega allí donde nosotros no conseguimos llegar. Su respuesta puede no ser inmediata -sabemos que sus tiempos no siempre coinciden con los nuestros- y su solución puede no ser la que nosotros esperábamos. Pero podemos estar seguros de que Dios siempre, siempre nos escucha y nunca nos deja solos.
Salir de ese primero yo, después yo y luego yo que se ha impuesto en nuestra sociedad no tiene más que ventajas. Ojalá vayamos entendiendo, aunque sea poco a poco, que lo mejor de la vida es dar.
La imagen es de slightly_different en pixabay
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