Muchos de nosotros tenemos la costumbre de quejarnos con frecuencia.
En algunas ocasiones nos quejamos porque necesitamos desahogarnos. Nos sentimos desbordados frente a las preocupaciones, problemas o responsabilidades que nos agobian y compartir nuestra presión con alguien de nuestra confianza que sepa escuchar parece como que aligera el peso de nuestra mochila y nos hace sentir mejor.
Otras veces nos quejamos para denunciar una determinada situación que es preciso cambiar, porque no es correcta o no es justa.
En ocasiones, con nuestras quejas echamos balones fuera: porque es mucho más fácil quejarse y echar la culpa a otro, o a las circunstancias, que reconocer que no hemos hecho las cosas todo lo bien que podríamos haberlas hecho.
En otras ocasiones, cuando nos quejamos, buscamos el reconocimiento o la admiración de los demás. Nos valemos en estos casos de nuestras quejas para hacer saber al otro lo mucho que trabajamos, lo imprescindibles que somos, o lo estupendamente bien que hacemos las cosas.
Otras veces -muchas- nos quejamos casi por deporte, por todo lo que nos rodea: nos quejamos de lo mal que está todo, de lo feo que se está poniendo el mercado laboral, de la crisis que se nos viene encima, de lo mal que lo hacen nuestros políticos, de los irresponsables que salen sin mascarilla, del veranito de incertidumbre que tenemos por delante…
La queja en ocasiones es oportuna. Por supuesto que sí. Tanto la que busca el desahogo como la que busca construir, dar luz,o ayudar al otro a hacerlo mejor. El resto de quejas, en mi opinión, están siempre de más:
Porque el espíritu de los cristianos y de los que aspiramos a serlo ha de ser siempre el de hacer hasta lo imposible por hacer la vida más fácil a quienes van pasando a nuestro lado.
Y, por difíciles que sean las circunstancias que nos rodean a todos, lo cierto es que no ganamos nada quejándonos, criticando y enredando. Lo único que conseguimos es generar un ambiente pesimista y amargarnos la vida tanto a nosotros como a los otros. Porque, no nos engañemos, con una actitud quejica lo que hacemos es crispar los ánimos de las personas que nos rodean, cargándolas de energía negativa y activándolas para que ellas también entren en esa terrible dinámica la crítica fácil, la queja y el reproche.
Porque el espíritu de los cristianos y de los que aspiramos a serlo ha de ser siembre el del servicio. Y si las circunstancias que nos rodean son difíciles, lo que debemos hacer es sacarnos el miedo del cuerpo -si es que lo tenemos- remangarnos, ser resilientes, esforzarnos para buscar soluciones y trabajar todo lo que haga falta para revertir la situación. Que para eso tenemos los talentos con lo que cada uno hemos nacido. ¿De verdad nos vamos a acomodar esperando que otros resuelvan nuestros problemas? ¿De verdad vamos a ser capaces de guardar nuestros talentos en un cajón?
Si vemos que no llegamos, podemos pedir ayuda a otros. Y, por supuesto, podemos pedir también ayuda también a ese Dios que, sobre todo, es Padre, que siempre nos escucha y siempre nos da lo que más nos conviene. ¿No nos gusta acaso a los padres de la tierra que nuestros hijos cuenten con nosotros y nos pidan apoyo cuando lo necesitan? ¡Cuánto más no le gustará a Dios!
Es momento de dejar a un lado las quejas y las excusas. Es momento de ponernos, muy en serio, a trabajar para sacar adelante esta sociedad nuestra que está tan tocada.
La foto es de pexels en pixabay
Que falta hace que vivamos lo que tú nos dices!!!!
Vemos culpables y que pocas veces nos miramos para ver cómo puedo ayudar.
Que importante es la sinceridad!
Gracias.