
El compromiso y el espíritu de servicio ha de ser algo que vaya siempre con los cristianos y quienes aspiramos a serlo. Son activos importantes que han de formar parte de nuestro ADN, parte de nuestra esencia, parte de nuestra identidad.
Y han de ser vividos, además, desde esa alegría propia del que se siente en paz consigo mismo, se siente en paz con los demás y se sabe cuidado desde el Cielo; esa alegría del alma que no necesita ni de caprichos, ni de reconocimientos de terceros ni de los espejismos del mundo.
Y, si bien es cierto que el compromiso y el espíritu de servicio han de acompañarnos siempre, no es menos cierto que es en los tiempos difíciles, como éste que estamos viviendo, donde resulta más importante ponerlos en valor:
Porque no podemos acomodarnos, esperando a que otros nos saquen las castañas del fuego, decidan por nosotros y nos digan qué es lo que tenemos que hacer. Ni podemos tampoco conformarnos con cumplir con nuestras obligaciones sin más. Ni hablar. ¿De verdad vamos a acomodarnos en un cristianismo de mínimos, que se conforma con salir del paso y con no hacer mal a nadie? ¿Cuándo hemos visto esa actitud en la persona de Jesús? ¿No renunció él acaso a todo para predicar su doctrina? ¿No se desvivió con todas las personas que fueron pasando a su lado en el camino de la vida? ¿No llegó incluso hasta dar la vida por nosotros?
Porque toca ser resilientes. Toca sacar lo mejor de nosotros mismos. Nuestra actitud ha de ser la de liderar el cambio. Si, liderar el cambio cada uno en el entorno que tengamos. Algunos haciendo hasta lo imposible para sacar adelante a sus familias, otros poniéndose al servicio de los más vulnerables y otros dándolo todo desde su profesión, tanto si tienen un puesto de alta dirección como si tienen un puesto de atención al público en un comercio o en un autobús. Lo mismo da. Cada uno en el ámbito que tenga. Que tenemos que sacar adelante este país, las cosas están feas y sabemos que se avecinan tiempos difíciles. Es momento de vivir con un altísimo nivel de compromiso y es tiempo de vivir con un profundo espíritu de servicio. Desde la generosidad más absoluta. Sin buscar ningún tipo de reconocimiento. La ocasión lo requiere.
Cada uno de nosotros somos únicos y a todos nos han regalado talentos. Sí, a todos. Y es nuestra obligación ponerlos al servicio del bien común. Toca ser valiente, remangarse, reinventarse si hace falta, ponerse en manos de Dios y dejar que desde el Cielo pongan lo que a nosotros nos falte. Y más de uno se encontrará descubriendo que cuenta con capacidades que nunca hubiera podido ni siquiera imaginar.
Porque muchas personas buenas que están comprometidas se nos están viniendo abajo. En nuestro mundo hay, afortunadamente, muchas personas buenas que se desviven por los demás. Pero buena parte de ellas no son creyentes.
A estas personas, Jesús también las considera «de las Suyas»: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Evangelio Juan 13, 35). Y, por supuesto, tendrán también la recompensa del Cielo, porque al final de nuestros días se nos juzgará, tan solo, por el amor que hayamos sido capaces de regalar durante nuestra vida aquí en la tierra.
Pero estas personas que no creen es muy fácil que se vengan abajo en situaciones como la actual, en las que convivimos con tanto sufrimiento, porque no cuentan con ese pilar que es la Fe, que resulta tan valioso cuando las cosas se ponen feas.
Debemos multiplicarnos más que nunca. Tenemos muchísimo trabajo por delante para tratar de reconducir este mundo nuestro tan tocado. Es momento de ponernos en manos de Dios y, de verdad, comprometernos.
La imagen es de congerdesign en pixabay
Gracias Marta por abrirnos los ojos y darnos ese empujón tan necesario para el compromiso
Marta te digo Olé y Olé. Así se habla(escribe)!!!!
Eso es lo que tenemos, a Dios que es el que nos ayuda, y saldremos de «esta».., amando, ayudando, trabajando. Necesitan que nos comprometamos